miércoles, 17 de octubre de 2018

INVITADO

 
De nuevo retomamos el capítulo de invitados . En esta ocasión traigo a este espacio un emotivo y nostálgico texto cuyo autor del mismo es, Irineo Conde Morán, y en él nos deja plasmados los recuerdos de sus andanzas y vivencias escolares. En definitiva, sus personales experiencias de niño vividas durante su  remota etapa escolar en Mozos de Cea. Que según mis cálculos, o deducciones, tomado como referencia  los años que en la actualidad tiene el susodicho  autor,  estos recuerdos escolares aproximadamente datan  de mediados de la década de los cuarenta y principios de la década de los cincuenta; estoy hablando del siglo pasado claro está. Sin más dilación os dejo el  texto del que os hablo.
 
 
 
 
(Me ha parecido oportuno como introducción al texto, ya que guarda relación con el mismo, por la  antigüedad de ambos,  es ilustrar su entrada con la publicación de esta fotografía donde aparecen posando en ella un grupo escolar de niños y niñas de Mozos de Cea con su maestra. El autor del texto no aparece en ella. Es lógico porque aún no había nacido.  Es muy probable, y con un elevando tanto por ciento de seguridad, esta fotografía puede estar tomada de entre los años 1932 a 1935. En la actualidad, de todos los que aparecen en esta imagen, que yo sepa, sólo viven cuatro personas, todas mujeres,  y  sobrepasan la edad de 90 años. Una de ellas, Eustaquia Conde Taranilla,  acaba de cumplir 97 años el mes pasado. )
 
 
 
LA ESCUELA DE MI PUEBLO

Aureliano, si no me equivoco, era el maestro del pueblo. Tenía fama de muy duro y de utilizar el castigo  físico de forma regular. Se contaban historias muy feas. La realidad y de utilizar el castigo físico de forma regular. La realidad es que yo nunca vi ninguna escena de castigo físico. Los mayores de la escuela se llevaban muy bien con él y corrían al frontón, cada recreo, para jugar pelota en su compañía También era cierto que los jóvenes del pueblo recibían clases en las noches en forma gratuita, claro está.
 
Aureliano me enseñó a leer y a escribir. Eso es mucho decir y de no olvidar. Pero mi primer día de escuela fue angustioso por decir lo menos. El salón tenía una sola puerta en la parte de atrás. Por dentro, el carpintero le puso dos listones cruzados que, para mí, significaron, en los primeros momentos, que estaba preso, encerrado, trancado…. Lloré mucho, lo recuerdo bien. Pero sólo el primer día. Porque ir a la escuela era el ritual por el que pasabas a pertenecer al grupo de chiguitos del pueblo. A partir de ese día, las tardes ya eran más libres para hacer de todo.
 
Un día a la   semana, no recuerdo cuál, con brazo levantado y mirando a la bandera, cantábamos una canción que me gustaba: “¡Salve, bandera de mi patria, salve”! También aprendíamos aquella otra que decía “Cara al sol con la camisa nueva….” Eran los tiempos.
 
Aureliano se fue. Y en un par de años pasaron por la escuela un buen número de maestras jóvenes y guapas. Las queríamos mucho porque ellas también se hacían querer. Las esperábamos en el camino a Villeza cuando llegaban en el coche de línea.  En general se portaron muy bien y creo ponían en práctica la pedagogía recién aprendida en la Normal. Hubo una de ellas, que dibuja y pintaba maravillosamente. Recuerdo las láminas de cada  domingo que nos traía el taco, con las que llenaba el pizarrón grande. La reemplazó un mozo del pueblo que paraba en Madrid, creo. Me refiero a Isaac Pacho. Su estilo de enseñanza nos sorprendió a todos. Hablaba de puntos ganados, de premios a los que más se esforzaban…y qué buen trato. Luego supe que había sido Marista en su juventud…

Pero Isaac también cayó en la equivocación de la maestra y, junto con mi compañero y amigo, Máximo Pacho, nos bebimos una copa, bueno, mejor es decir probamos una copa de aceite en vez de licor. ¿Qué pasó? La maestra había cumplido años y una chiquilla residente en Madrid y que pasaba una temporada en el pueblo, organizó un pequeño agasajo a la profesora. Claro, había que contribuir con una cuota que mi padre no me proporcionó porque no tenía dinero para cosas así. Tampoco Máximo pudo cumplir con aquella decisión…no se me olvida el detalle de la profesora que no soportó la ausencia de dos alumnos y que, seguramente, comprendió el motivo. Nos llevó a la casa a los tres y nos invitó a unas galletas y a una copa de licor. La pobre se equivocó de botella y las llenó de aceite. Ni mi compañero  ni yo, nos atrevimos a decir nada. Fue Isaac quien, nada más tocar sus labios el líquido, se lo hizo notar de una forma agradable y risueña. Pobre maestra. No sabía cómo disculparse. Por supuesto que nos la cambió por el verdadero licor. Ese detalle de llamarnos no se me olvida. En la maestra había una persona de verdad y no podía dejar en el olvido a ninguno de sus alumnos.

Los recuerdos, hasta este momento, son agradables. Me iba bien en la escuela. Todos éramos amigos. Como era mixta, el trato con las chicas era bueno y normal. Con el tiempo se comenzó a jugar a mayores y se hablaba hasta de novias…¡Que goce!

Había en la escuela un juego de libros de lectura cuyos caracteres estaban impresos como en letra manuscrita. Me encantaba cuando nos llevaban, alrededor de la gran mesa de la maestra, a practicar la lectura a los que ya podíamos hacerlo con soltura. ¡Qué historias tan interesantes!

También tenía la escuela una serie de cartelones que representaban la Historia Sagrada. Estaban, si mal no recuerdo, colgados de las paredes. En ellos, una veces guiados otras personalmente, repasábamos la historia graficada  y resumida que podemos encontrar en la Biblia. Los recuerdos son muchos, pero no quiero cansar. Seguiré en otro momento.
 
 
                                                      
 

El que aparece en la imagen es el autor del texto publicado, Irineo Conde Morán. Nació en Mozos de Cea, aunque actualmente tiene su residencia en la ciudad de Catacocha (Ecuador). Pertenece a la comunidad de los Hermanos Maristas de ese país latinoamericano.

Como no temo a equivocarme, me tomo la licencia de afirmar  que sus orígenes de Mozos de Cea son ancestrales. Sus padres, naturales ambos  de Mozos de Cea,  fueron Dionisio  Conde y Consolación Morán.

Espero que halláis encontrado interesante el texto publicado y os haya proporcionado un  rato ameno su lectura. Antes de finalizar, os  animo a que compartáis en este blog algún escrito que tengáis, o escribáis próximamente, y que  guarde relación con nuestro pueblo. Si os animáis a participar, estoy seguro que resultará emotiva y grata su lectura.

Saludos a todas y a todas.

Rafael 
valdemar_5@telefonica.net


 
 E
 

jueves, 4 de octubre de 2018

LA VENDIMIA




Estamos en el mes de octubre y uno de los emotivos recuerdos que tengo asociados a este mes es el de la tradicional vendimia que en tiempos remotos se practicaba en el pueblo. Porque aunque  pueda parecer inverosímil, hace alrededor de unos cincuenta años en Mozos de Cea hubo mucho viñedos. Por entonces había en el pueblo unos parajes donde se concentraban la mayor parte de los mismos.  Me estoy refiriendo a : "El Chopo y El Anillo",  ambos estaban unidos por los viñedos, y el otro corresponde a "Las Quemadas". También a lo largo y ancho del páramos se hallaban en menor medida dispersos otros majuelos con una variedad de uvas que crecían en sus cepas,  mayormente  las conocidas en el pueblo  como "uvas de híbrido". De mala calidad para elaborar con ellas el vino, sin duda. También crecían en aquellas cepas, aunque en menor medida, otra variedad de uvas obviamente de mejor calidad como era la "uva americana", la "uva del tintorro", el tempranillo, etc. Todas ellas una vez vendimiadas, se mezclaban para la elaboración del vino. Respecto a la  uva blanca el tempranillo, comentaros que era, o es,  muy exquisita al paladar y además la primera en madurar. Por esta razón, muchos días antes del comienzo de la vendimia, se iba a menudo  a la viña  con una cesta para traer a casa uvas de esta clase. Era típico por entonces dar de merendar a los niños un pedazo de pan y un racimo de estas uvas. Por otra parte, comentaros que todos los viñedos fueron desapareciendo progresivamente poco antes de la concentración parcelaria. Algunos vecinos los desceparon sabedores de que la viña de su propiedad pasaría a serlo del dueño de la nueva parcela que le había correspondido. Luego también sucedió de que el Estado pagaba cierta cantidad de dinero a los labradores que desceparan los viñedos donde crecía la "uva híbrida". Por consiguiente, al haber dinero de por medio, a los últimos viñedos que habían sobrevivido a la concentración parcelaria les arrancaron sus cepas de raíz.  Por este motivo en Mozos de Cea se extinguieron  prácticamente en su totalidad  todos los terrenos plantados de vides.   

  Antes de la extinción de todos aquellos viñedos  dispersos a lo largo y ancho del páramo de Mozos de Cea, cada año se llevaba a cabo en el pueblo la recolección de la uva. Una actividad que lo habitual era que comenzase con la llegada del otoño. El antes y el después de la vendimia, así como la elaboración del vino,  tenia un largo y complejo proceso. De entrada, días antes de iniciar la recolección de la uva, había que lavar a conciencia las barricas, o "pipas" como se las conocía popularmente y que estaban  fabricadas con madera de roble.  Se sacaban estos recipientes  fuera de la bodega y en algunos de los lugares del pueblo donde había agua se lavaban. El lugar preferentemente para llevar a cabo esta tarea de lavado era la charca de "Las Barreras". Aunque   también el agua de:   "La fuente de Antocil", " "La poza del  Campo del Río"; "La charca de Mesteruelo", y algún que otro  acuíferos más cercano al casco urbano,  sirvieron en su día para este cometido.   Se las  solía dejar llenas de agua unos cuantos días con el fin de  que su madera hinchara y de este modo  se cerraran  las grietas que podrían tener. Recuerdo que dentro de la bodega   había una barrica muy grande, desconozco  la capacidad de litros, o cántaros, que hacia este recipiente. Lo único que puedo deciros es que   popularmente se la conocía como  "volcoi". Como se trataba de una barrica  de enorme tamaño, era difícil y complicado sácalo al exterior para proceder a su lavarlo, por lo tanto esa tarea se desarrollaba dentro de la propia bodega.






( Aquí tenéis en esta imagen una panorámica típicamente de la vendimia. En blanco y negro, tal como transcurrían por entonces los días de la vendimia  en Mozos de Cea, de los cuales  os hablo en este párrafo. En esta imagen, aparte de las vendimiadoras y vendimiadores, se ven canastos en primera fila y detrás esos cestos de gran capacidad conocidos como cuévanos. No falta tampoco el carro, de vacas o de mulos. No se precisa en la imagen a que ganado pertenece. Pero lo que no hay duda de que estos utensilios también estuvieron muy presentes durante aquellos años de vendimia en Mozos de Cea)
 
Y una vez puestos en su punto los tonales, empieza la recolección de la uva. Ahora serían, o son,  los  carros de vacas, los cestos y canastos, o los cuévanos (recipiente de mimbre de doble capacidad que el cesto), y por supuesto los vendimiadores y vendimiadoras,  los principales protagonistas de esta historia. Por cierto los susodichos  cestos de mimbre y  también cuévanos  muchos de ellos estaban fabricados en Mozos de Cea. Había por entonces dos vecinos en el pueblo, Áureo Modino y Paulino de Lucas, auténticos  artesanos en la elaboración de los cestos. Los  fabricaban  con las ramas de un árbol llamado "Balsa".  Por otra parte, comentaros que cada vecino tardaba aproximadamente  una semana en recolectar todas sus uvas. En ocasiones   se ayudaban entre vecinos a vendimiar y en otras  solía arrimar el hombro algún pariente de la familia. Lo habitual era que se estuviera todo el día vendimiando,  con los descansos correspondientes claro está. Por esta razón,   se llevaba un buen suministro de viandas para alimentarse por que hasta el atardecer no se regresaba a casa. La vuelta al pueblo  se hacía una vez que  los carros estaban prácticamente  llenos de las uvas recolectadas. La verdad es que se creaba un agradable ambiente durante el tiempo de la vendimia, sobre todo si estaban presentes en la tarea personas ajenas a los miembros de la familia:  Los chascarrillos, el humor y  las risas no solían faltar nunca. Lo que también se daba por aquel tiempo era la tradicional broma de "echar la lagareta". Broma que consistía en reventar las uvas de la variedad llamada tintorro delante en  cara del que tenías enfrente. Al ser  el jugo de esta uva muy oscuro, te puedes hacer una idea de que color te dejaba el rostro. Al menor descuido, te iba "tintorrazo a la cara". Esto se daba con frecuencia por entonces entre las mozuelas y los mozuelos que siempre andaban tan jocosos ellos.   Otra costumbre era el que si algún vecino disponía de muchos viñedos, no tenía más remedio que  echar mano de algún vendimiador, al que tenía que pagarle un jornal, claro está. Quiero comentar también, que otra costumbre era  cortar de las cepas alguna de las ramas donde crecían los racimos de uvas de notoria calidad. Una vez cortadas aquellas ramas a las que popularmente se conocía como vástigas,  se llevaban a casa. Alunas veces  se  colgaban aquellas ramas, otras en cambio   se las quitaban sus  racimos  y se les extendía  sobre pajas de centeno para su mejor conservación. Tenían que estar en un lugar oscuro y ventilado.  Como permanecían mucho tiempo protegidas, aquellos racimos acababan teniendo la apariencia de uvas pasas. Aunque muchos otros se pudrían.


Al atardecer, una vez que se llegaba al pueblo,   aquella  uva que se había recolectado durante toda la jornada  y que se hallaba almacenada  en el  carro, había que descargarla con una horca y depositarla dentro en una   lagar que estaba situada en el interior de la bodega.  Unos días antes de la vendimia se  acondicionaba  y lavaba a conciencia el lagar para este fin. Días tras día se repetía la misma tarea del descargue hasta que finalizaba  la recolección de la uva. Una vez que estaban  todas uvas depositadas dentro del lagar, era el momento de  comenzar con la tradicional pisada de las uvas. Se solía hacerlo normalmente descalzos y durante unas cuantas horas se pisaba todo aquel revoltijo de uvas  con el fin de   extraer todo el jugo de ellas. La lagar tenía un orificio a ras del suelo y por él salía el jugo de las uvas que caía sobre un foso bastante profundo y estrecho al que se conocía con el nombre de pila.  Dentro de la pila aquel jugo convertido en mosto   seguía su proceso de fermentación. Se trataba de  una tóxica fermentación  que  iba liberando unos gases asfixiantes y en poco tiempo la falta de oxígeno podía matar a quienes se encontraran dentro de la bodega. De ahí la precaución y el estar siempre prevenidos contra este riesgo mortal. Aún corriendo riesgos, tenías que estar necesariamente al pie del cañón  sacando con el caldero aquel mosto de la pila, una vez que ésta se llenaba,  para depositarlo en el interior de las barricas. Por suerte no se dio en Mozos de Cea ningún caso de fallecimiento a cuenta de esta fatídica circunstancia, y eso que prácticamente todos los vecinos del pueblo elaboraban en su propia lagar  el vino. Y bien, una vez que ya se acababa la tarea del pisado de uvas,  se solía amontonar dentro de la lagar todos sus residuos:   hollejos, pepitas, rabos, etc. A falta de una prensa para estrujar estos residuos,    se colocaba normalmente encima de aquel montón la zarcilla que se utilizaba para el carro, y sobre este artilugio de madera,  se ponían  unas cuantas peñas que dieran la utilidad de una  prensa con el fin de conseguir estrujar lo más posible aquella aglomeración de residuos.




 


( En esta otra imagen aparece el tradicional pisado de la uva. Como la anterior también pertenece esta fotografía a aquellos años de blanco y negro del siglo pasado. Aquí se puede apreciar a tres personas dentro del lagar pisando la uva, aunque estén posé fotográfico. Pero es evidente que están en plena faena del pisado de la uva. Tal como se hacía por entonces en nuestro pueblo y el lagar donde lo pisan es muy similar a los que había por entonces en las rústicas y sencillas bodegas de Mozos de Cea)


Por otra parte,   el mosto fermentado de la pila ya estaba depositado en el interior de las correspondientes barricas.  Se dejaba abierto el orificio por donde se llenaban las barricas  durante unos días para que siguiera fermentando el mosto y liberara todas sus impurezas. Una vez transcurrido el tiempo conveniente y cesado la fermentación, se solía echar dentro de las barricas unos polvos químicos los cuales supuestamente servían para que no se avinagrara el vino.  Aunque la verdad sea dicha,  no resultaban  muy prácticos aquellos polvos. Raro era que el vino que contenía alguno de aquellos recipientes  no se avinagrara.  Sobre todo cuando comenzaba la temporada del calor. Y eso que  se cerraban a conciencia los orificios de las barricas para que no "respirara" por resquicio alguno, con el fin de  que  allí dentro  aquel caldo autóctono reposara  en perfecta simbiosis con la madera hasta su elaboración y  consumo. Cuando ya se creía que el vino estaba listo para beberlo, se colocaba una espita en la barrica correspondiente para extraer el vino a través de ella. Esta acción de sacar el vino por vez primera de aquel recipiente se conocía popularmente como "espitar". Y una vez espitado, el trasiego de idas y venidas a la bodega con el jarro o el porrón   era una constante. La verdad es que  aquel "caldo de los viñedos de Mozos de Cea"  te podías beber perfectamente un litro casi del tirón y  para nada te ponías "piripi". Yo creo que esto se   debía a los pocos grados de alcohol que tenía. Cierto que su sabor dejaba mucho que desear al paladar. La mayoría  para que tuviera un saborcillo mejor acostumbraba a  mezclarlo  con aquellas gaseosas sin marca registrada   que elaboraba Eliher del Ser     en su fábrica de Valdescapa.   Lo que está bien claro es que prácticamente  todos los hogares  del pueblo se autoabastecían con aquel vino de la tierra. Y alguna que otra persona  hasta tenía excedente del mismo, razón por la cual  vendía garrafones de morapio  a quienes andaban faltos de él. Recuerdo que uno de aquellos vendedores   era Epifanio Cuesta Rodríguez. 

Como todo en la vida va evolucionando, se supone que para mejor, la rudimentaria forma de conservar el vino progresó. Los últimos años antes de que se extinguiera la vendimia en el pueblo, se llevaba a cabo el "embotellamiento del vino" para su mejor  conservación. Aparte que a las barricas se las echaba unos productos químicos  mejor preparados que garantizaban   que el vino no se "picara", -manera en que popularmente se decía cuando se avinagraba el vino-,   y  además  le proporcionaban un sabor más agradable al paladar. Como era lógico, para envasar el vino se necesitaba disponer de una considerable cantidad de botellas. Eran los bares de Sahagún normalmente  quien se las proporcionaba a los "vinateros", aunque éstos tenían que  abonar de una peseta, o dos,  por  cada botella vacía.  Se solían envasar una cantidad considerable  con el fin de que el vino pudiera llegar hasta la próxima elaboración. Al estar  conservado dentro de las botellas cerradas  con un tapón de corcho introducido a presión, no    se corría riesgo alguno   de que las altas temperaturas lo avinagrara como acostumbraba a hacerlo cuando se hallaba dentro de las barricas. Recuerdo que había algún que otro  que no le hacía ascos  a aquella "vinagreta" (popularmente así se nombraba) y se echaba sus buenos tragos para refrescar el gaznate.  Aunque este tipo de "echaos pa lante" había muy pocos.

Por cierto, aquel montón de residuos de la uva, conocido como orujo, y que se hallaba   apilado dentro del lagar, una  vez que se había estrujado al máximo, se cargaba dentro del carro y se lo llevaba a esa destilería, o alambique, que la  mayoría de vosotros  conocéis  y cuyo  nombre es  "El Truébano". Una vez que se llegaba a la destilería con el carro,  se pesaba la  carga que transportaba con el fin de saber los litros de aguardiente que te correspondían a cambio del orujo que les entregabas. Los litros que te correspondían no era costumbre traerlos todos de una vez. Lo normal era  ir a por ellos con una garrafina al El Truébano   dos o tres días al año: por la fiesta del patrón, al comienzo del verano y por las navidades. La cuestión era de que los litros de  aguardiente que disponías te duraran la mayor parte del año. Era costumbre convidar con una copa del mismo a quien fuera a tu casa por algún motivo en especial y también tradición era el beberse un copazo de aguardiente en plena madrugada cuando se iba en verano a acarrear la mies. Está claro que aquellos antiguos labradores,  recios y curtidos por el cierzo y la solana, como  la tierra árida  de Mozos de Cea, eran los únicos capaces   de echarse un tragazo de aguardiente en plena madrugada, y además  medio en ayunas.  Bien  es sabido que  por su alta graduación etílica esta bebida alcohólica te abrasa hasta las entrañas.   Aquí ese refrán que dice " lo que no te mata, te hace más fuerte", acierta de pleno.

A mi juicio, creo  que más o menos todo lo más relevante  sobre este asunto de la vendimia aquí se queda escrito. Para no aburrir ni cansar, tampoco es cuestión de extenderme con más detalles o anécdotas. Sólo me queda decir  que es una lástima el  que la tradicional vendimia en Mozos de Cea  se haya extinguido. Pero es lo que hay y el progreso y su implacable evolución así lo ha impuesto. Y toca acatar sin rechistar. Aunque recordar con cierta  nostalgia el antiguo y tradicional arte de elaborar el vino nadie ni nada   nos lo podrá impedir.  Por hoy termino,  en otra ocasión más y mejor.

Saludos a todas y a todos.

Rafael

 

 

sábado, 8 de septiembre de 2018

TOQUES DE CAMPANA

De nuevo retomo la palabra escrita con el cometido de costumbre. Sobradamente conocéis que esta misión es hablar mas o menos de lo mismo, aunque  que siempre con su habitual variante, porque el recuerdo en sí siempre varía dependiendo de la situación o las circunstancias en que éste se haya originado.  Y como de recuerdo se trata es obvio que todo cuanto guarda vínculos con el pasado de Mozos de Cea siempre está presente en cada párrafo que queda publicado en este espacio.  Situaciones y circunstancias de un pasado cuyos momentos a veces personalmente los viví in situ; otros en cambio no tuve la oportunidad de vivirlos, pero esto no es óbice  para poder  escribirlos ya que he tenido la suerte de  escucharlos por boca de otras personas.   Al ser transmitidos estos   momentos del pasado por  boca de las personas mayores es normal  que   que existan diferentes versiones sobre el mismo asunto dependiendo de la forma que cada uno nos lo cuente o lo haya vivido.  Por lo tanto, su veracidad quedará supeditado al grado de confianza y fiabilidad que nos confiera la persona que nos lo haya contado.  Y bueno,  expuesta la protocolaria presentación del texto, vayamos al asunto principal que no es otro que hablaros sobre los distintos toques de campanas que desde tiempos remotos se han practicado en Mozos de Cea. Lamentablemente hoy en día por un sin fin de circunstancias adversas  el tañer de las campanas es casi inexistente. 
 
Las campanas de la torre de nuestra iglesia, como la de todos los pueblos colindantes, digamos que tienen sus voces particulares, como también inigualables e inconfundibles. Unas voces que tiempo atrás en cada momento y ocasión, con su peculiar tañido   fueron capaces  de transmitirnos alegría y regocijo; si bien otras veces su tañido era similar al de  un sollozo que hacía estremecernos el corazón. Autenticas mensajeras de lo cotidiano y de lo divino. Uno de sus principales cometidos  ha sido el  anunciar el principio de la vida y su final: nacimiento y muerte. Siempre han funcionado con una especie de códigos sonoros que tiempo  atrás la mayoría de los vecinos  conocían y por supuesto que las personas mayores del pueblo aún los siguen conociendo porque los  han oído reiteradamente, con lo cual estoy convencido de que el sonido de esos   toques les resulta  difícil de olvidar.  A continuación escribiré, o citaré,   algunos de esos toques de campana que a lo largo del tiempo han sonado en nuestro pueblo. Muchos de estos toques me son familiares y varios de ellos de ellos los conozco perfectamente por haberlos escuchado en varias ocasiones.
 
 
 
 
 
( Para que estos   toques de campana no  queden definitivamente arrinconados en el silencio y el olvido y las nuevas generaciones que los desconocen tengan la oportunidad de escuchar los  tradicionales  toques de las campanas de Mozos de Cea, se suele hacer exhibición de los mismos durante las fiestas en honor al patrón del pueblo San Pelayo. Es lo que se puede apreciar en esta imagen, o fotografía sacada el 26 de junio de 2010, en la cual  aparece  Irineo  (Neo) Conde Pacho  en el momento de practicar uno de los  toques que a continuación citaré.  Junto a él están Tomás y Nacho que observan y escuchan con atención )

 

Comencemos con los toques:


Toque de bueyes: Con este toque los vecinos  soltaban las vacas atadas en sus cuadras para ir a pastar a los prados vecinales del pueblo:  "El Cesto", "Valdezalces"  "El Campofrío" "El Horcajo"... Normalmente se hacia a la tarde.  Cuando este toque se realizaba de mañana, habitualmente a finales del verano,   las vacas pastaban  las rastrojeras de  todas las fincas segadas. Para esta ocasión, los vecinos se organizaban en turnos para guardar el ganado.  Los días que duraba el cuidar del ganado dependía del número de vacas que de su propiedad pastaban. Cuando finalizaba su turno, se avisaba al  siguiente vecino que  correspondía para cumplir con esta obligación. El hecho de avisarlo se conocía popularmente como "Echar la vez".

Toque a concejo:  Se hacia con la intención de convocar a los vecinos a una reunión  en la "Casa Concejo" para debatir temas de interés general relacionado con el pueblo. En Mozos de Cea esta casa era  el edificio de la escuela, aunque la reuniones era costumbre  hacerlas  en plena calle. Cuando las inclemencias del tiempo lo imposibilitaban, el concejo se hacía dentro del portal de la casa del Sr.  Walérico  Pacho. Era obligatorio la asistencia a estas reuniones de un representante de cada casa.

Toque a facendera: Este toque consistía en la llamada a los vecinos para realizar trabajos en beneficio de la comunidad; tales como: limpiar charcas y manantiales, arreglar caminos, limpiar el lodo de las barreras, etc. También era costumbre que cuando nevaba, los vecinos de Mozos de Cea de forma colectiva quitaran  con sus palas toda  la nieve que cubría el trayecto de  la carretera  que lindaba con el terreno del pueblo. A la facendera estaba obligado a participar una persona de cada casa. Si por causa no justificada  no acudía, tenía su penalización. Bien a realizar en solitario algún trabajo comunitario o pagar un multa en "Papel del Estado". Este papel de pago, adquirido en el estanco,  se debía  presentar al alcalde pedáneo  para que éste comprobará que había sido abonada la multa.

Toque de quema: Se trataba de un toque rápido y largo que requería la intervención de todos los vecinos del pueblo para sofocar el incendio de un determinado edificio.  Al escuchar el toque, rápidamente los vecinos sacaban  sus calderos de casa y se  acercaban al foco del incendio. Solían también acudir vecinos de los pueblos colindantes. Se formaban cadenas humanas que llegaban hasta donde se hallaba el  agua más próximo; bien la de un pozo, o de las barreras. El trasiego de calderos  llenos y vacíos de ida y vuelta y de mano en mano  era una constante. Des esta forma tan rudimentaria y  práctica se apagaban los incendios, o quemas, en aquellos remotos años, de los cuales,  yo presencié in situ  durante  mi infancia y adolescencia tres incendios en el pueblo y que   fueron los siguientes:  la casa de  Ambrosia Morán (La monja), la casa de Cayo Cuesta y  desgraciadamente también  la antigua casa donde viví prácticamente toda   mi infancia. En la actualidad ese viejo edificio que se quemó y luego fue reformado, ya ha desaparecido y en su lugar hemos  plantado una variedad de manzanos.


Toque de posas: se trata de una cadencia lenta y de repetidos sones graves y agudos intercalados. Aún se sigue conservando esta costumbre de tocar  a posas. Aunque últimamente tan sólo se toca el día del funeral porque es cuando el cadáver del difunto se halla presente en el pueblo. En aquellos remotos años,  al no existir tanatorio alguno para velar el cadáver,  el difunto permanecía todo el tiempo en el pueblo, razón por la cual el toque de posas se practicaba muy de continuo durante los dos días que era el tiempo habitual que se tardaba  en llevar a cabo el entierro. Al parecer en alguno de otros pueblos según el sonido de una u otra campana y el repique inicial se podía conocer si el difunto era varón o mujer, o si el difunto  formaba parte del clero.  Que yo sepa en Mozos de Cea no se daba esta circunstancia. Aunque  en alguna ocasión si que he escuchado que cuando falleció  a mediados del siglo pasado el sacerdote que oficiaba por entonces en el pueblo, D. Anacleto Cuesta, aquel toque a posas fue algo diferente al de costumbre.

Toque de Gloria: se practicaba a la muerte de un niño. Parece ser que a este menor de 7 años, al morir,  supuestamente se le enviaba a la Gloria.  Y en algunos pueblos, como por ejemplo Villóta del Páramo (Palencia), popularmente comentan que  el  tañer de las campanas cuando tocan a Gloria van diciendo, más o menos: " vas bien,  bien vas, al cielo vas, del cielo vienes, al cielo vas...."   Por entonces era muy habitual que fallecieran a esta corta edad niños en el pueblo debido a enfermedades infantiles hoy prácticamente erradicadas y también por deficiencias en su alimentación.  

Toque a Misa: Sigue vigente en la actualidad este toque. Normalmente se practica los domingos y festivos. Consta de tres series de aproximadamente 27 toques, finalizando cada uno de ellos en dos o tres toques. Cuando pasan varios minutos se dan tres toques de campana para avisar que va a comenzar la misa. Este toque se conoce popularmente como "Dar las tres". Años atrás, era costumbre el que una vez finalizado el toque de misa inicial, y antes de que dieran las tres, en ese intervalo de tiempo se practicará el repique y volteo de campanas.

Toque al Rosario: Toque normal y corto con una sola campana que llamaba a los vecinos a rezar el rosario en la iglesia. También se "daban las tres" para avisar a los devotos  que daba el comienzo de este tradicional rezo católico. El rosario era habitual rezarlo a la noche, a excepción de los domingos y festivos que se hacía por  la tarde y a su finalización en ocasiones todos los  presentes dentro del templo cantaban la salve.   Normalmente en octubre se comenzaba a rezar el Rosario  y finalizaba a comienzos del verano.

Toque a comulgar: se trataba de un toque corto y continuado que servía como llamada  para  acudir a tomar la comunión. Únicamente asistían a este breve acto litúrgico,   los feligreses que iban a comulgar. Siempre se celebraba por la mañana.  Como algo anecdótico os comento que debido a la brevedad de este acto litúrgico, el sacerdote Bernardo Pérez Gil  nos pagaba a los monaguillos sólo cincuenta céntimos, o un real de los de entonces. Vamos,  que la mitad de lo que nos pagaba por ayudar en la misa que era una peseta a cada monaguillo.

Toque de ánimas: este toque de campana se practicaba durante todas las noches de noviembre al ser éste el mes consagrado a los difuntos, de ahí la razón por lo que el tañer de las campanas llegaban con un sonido fúnebre y estremecedor. Acerca del toque de ánimas ya hablé largo y extendido en otra ocasión, por tanto huelga cualquier otro comentario al respecto para no repetirme en lo mismo. Si hay algún interesado en volver a leer el texto relacionado con este asunto, sólo es cuestión de que busque  el archivo correspondiente a noviembre del pasado año y allí sin problema alguno está a su disposición la lectura del mismo. 

Toque de oración:  cuando se ponía el sol se practicaba este toque que obviamente se hacía para llamar a la oración a todos los vecinos del pueblo al atardecer.


Toque al alba: también conocido como "toque de los maitines" . Como el anterior toque, aunque éste  se practicaba al amanecer,  se hacia con el propósito de llamar a primeras horas de la madrugada a los vecinos  a la oración. Por cierto,  Crescencio Morán, era quien habitualmente se encargaba de este madrugador toque con repiqueteo incluido.   

Toque de mediodía: conocido también como el "toque del ángelus". En tiempos remotos en Mozos de Cea, cuando el reloj marcaba las 12 del mediodía era costumbre tocar una de las campanas  para anunciar el ángelus del mediodía. Por lo tanto había llegado la hora de rezar el tradicional "Ave María".  Supongo que habría varios devotos que rezarían las convenientes oraciones que a cada toque correspondía,  aunque  no me cabe la menor duda de que también habría quienes les traía al pairo esos toques de oración.  Lo que resulta bastante palmario es que había una constante y fervorosa devoción  a la religión cristiana. Da fe de ello las muchas horas del día que por entonces se empleaban en la práctica del rezo diario.   

Aprovecho para comentaros también un par de toques más los cuales  que yo sepa  en Mozos de Cea  no se han practicado nunca, aunque en algunos de los pueblos limítrofes sí. Me estoy refiriendo al "Toque de nublo" que tradicionalmente se hacía para intentar alejar las tormentas de granizo, aunque dudo acerca de si  sería efectivo o no ese tañido de campana. Supongo que todo este asunto forma parte de las creencias populares.  El otro es  el "Toque de niebla". Éste toque  normalmente se llevaba a cabo en los  días que había niebla cerrada y la visibilidad era nula. Era muy útil para los pastores porque les servía como orientación.
 
 
 
 
 
 
(El que aparece en esta nueva imagen, la cual  coincide con el mismo día de la exhibición que muestra   la imagen, o fotografía,  de arriba,   es Tomás Cuesta Antón. Como podéis comprobar  también está practicando uno de los tradicionales toques. Junto a él, Nacho escuchando atentamente )
 
Otra cosa que también quiero comentar en referencia a este asunto, es que  Mozos de Cea tuvo en su día un  campanero oficial. Este cargo correspondió al  Sr. José Fernández Martínez, fallecido en 1970. Allá por la década de los sesenta del siglo pasado, este señor estuvo durante dos años seguidos ejerciendo su función de campanero en el pueblo, con lo cual durante todo este tiempo se encargó de la práctica de la mayoría de los  toques aquí recogidos y también era quien tenía la llave para abrir  la puerta que daba  acceso al campanario. Creo recordar   que una vez  que cesó de su cargo, la puerta de la torre permaneció abierta para acceder al campanario libremente y así sin problema alguno  pudieran practicar los toques correspondientes los circunstanciales   campaneros de turno. Como por ejemplo el citado Crecencio Morán, muy asiduo en la práctica del volteo y repiqueteo. A los niños no había quien se nos adelantara para  quitarnos el "toque del ángelus" al mediodía. Mi hermano Anastasio Bueno (Tasi) por entonces  también practicaba con frecuencia noche tras noche de noviembre  el "toque de ánimas". Matías Lazo encargado de engrasar las campanas y  de voltearlas habitualmente.   Que conste que yo personalmente también he hecho mis "pinitos campaneros".  Confieso que tengo cierta querencia por hacer tañer las campanas. Lamentablemente hoy en día ya ni circunstanciales campaneros quedan. El silencio de las campanadas es atronador. Los toques aquí citados, a excepción del de la celebración de la misa, todos ellos brillan por su ausencia . Parece que en Mozos de Cea ya ni doblan por los muertos, ni se escucha su jubiloso volteo, a pesar de que aún siguen recias y señoriales en lo alto de la torre, esperando que alguien las haga tañer para que puedan romper el silencio de nuestra vida y  a las personas puedan guiar en su rutina diaria; en especial a quienes viven de continuo en el pueblo.  No quisiera ponerme pesimista y verlo todo negativo, pero por desgracia la realidad es la que es, con lo cual, me temo que  el triste  y atronador  silencio de las campanas  ahora en adelante va a se  la tónica general. ¿Hasta cuando ha de durar este silencio?   Con tal de que no se eternice  me conformo.

Por hoy ya nada más. Espero os haya resultado amena la lectura de este tañer de campanas que  a través de la palabra escrita he puesto el empeño de hacer que sonaran. Si algún leve tañido o repiqueteo he conseguido haceros llegar, el objetivo de escribir este párrafo quedará logrado.

Largos días y placidas noches a todas y a todos.

Rafael.

 
 
 

 

domingo, 15 de julio de 2018

INVITADA

De nuevo haciendo acto de presencia en este espacio para seguir con el capítulo de invitados, aunque en esta ocasión lo políticamente correcto sería decir más bien Invitada por que la autora del párrafo que a continuación voy a publicar es una mujer. Su nombre es Purificación Pacho López "Puri". Se trata de un entrañable párrafo cargado de nostalgia y emotividad y la autora del mismo ha querido compartirlo con todos nosotros.
 

VERANOS EN MOZOS DE CEA (1969-1974)
La aportación que pueda hacer al blog de Rafael es tan escasa en comparación a lo que él nos aporta cada poco sobre la historia de Mozos, que aunque me comprometí a participar en el mismo, muchas veces me he echado hacia atrás.
Los recuerdos que tengo son de hace varios años… Además no pude vivir las costumbres tan de cerca porque ni siquiera me crié en Mozos y tan solo pasé casi cuatro veranos allí. Luego he regresado en contadas ocasiones. Pero lo que sí tengo muy claro en mi memoria son los maravillosos veranos que pasé en Mozos… estaba deseando que se acabara el curso para  regresar.  Así que mi pequeño relato es más bien sentimental, con los ojos  y recuerdos de una chica de 13 a 16 años y que posiblemente tan sólo reflejen eso, las vivencias de una adolescente. Tal vez sea un relato demasiado personalizado. He releído lo escrito.  Se trata de de eso, del día a día de una chavalina y de cómo lo vivió. Pero da pistas para entender cómo se pasaban esos días.
Para los detalles históricos es mejor leer el blog de Rafael, una verdadera joya; a mí se me han olvidado muchos nombres, pero lo esencial siempre queda. Me presentaré: soy la nieta mayor del tío Alejandro y la tía Aquilina. Familiarmente me llaman Puri. Nací en Lima, Perú.  Fui la primera de mi familia en venir a tierras españolas; los inviernos los pasaba en Madrid y en verano…en Mozos. Llegaba justo para celebrar San Pelayo. Y a partir de ahora intentaré ser lo más escueta posible…,                 que lo dudo.
El verano, con toda la vorágine que suponía el trabajo de campo, casi se inauguraba prácticamente con la fiesta de San Pelayo. Me acuerdo mucho de D. Bernardo que siempre venía a comer a casa de mis abuelos por esa fecha; un exquisito plato de arroz con de “todo”… mis tías se encargaban de prepararlo; venía la familia de Zamora, los de León… por supuesto antes habíamos oído misa y cada uno ocupábamos en la iglesia nuestro sitio, si mal no recuerdo. Mi abuela tenía su reclinatorio a la izquierda, las mujeres creo que nos poníamos en los primeros bancos y así sucesivamente hasta llegar a los “mozos” que tenían reservado el coro. Repito, son recuerdos muy lejanos.
Luego se jugaba a los bolos y ya por la tarde la “fiesta popular” propiamente dicha;  por aquellos entonces me enseñó a bailar mi tío Ireneo.  Ya más detalles de cómo se celebraba San Pelayo no me acuerdo.
Me rio porque estos recuerdos me vienen a “trompicazos”.  Después de celebrar las fiesta, empezaban los trabajos: primero a las muelas, luego a arrancar las lentejas, la hierba de Valdavida… a darle vuelta.  Y claro, luego había que guardarla con sal para que al ganado no le faltara comida en invierno. Yo casi no viví la siega con la máquina esa tan grande para mí que era arrastrada por las vacas. Lo que sí recuerdo como un gran avance fue la entrada de la primera cosechadora. Luis y Virgilio junto con mi tío Ireneo se arriesgaron … y ese primer verano se incendió… afortunadamente todo tiene arreglo y la siega tuvo que hacerse al modo tradicional.
A continuación llegaba la época de  las eras. Trillar (que me tocó un montón de veces porque era la más pequeña), amontonar, aventar… Emiliana me ensenó a moverme con la criba, pero como típica adolescente lo que yo quería era  aventar y, claro, el consabido enfado de mi abuelo… “que de lo que se trata es de separar el grano de la paja…” y yo a lo loco. Entrañables momentos, ahora, claro, que por entonces…
Entremedias se hacían otras labores. Las vacas de todos los vecinos había que llevarlas al campo a pastar;  tocaban las campanas después de comer.  Apenas lo recuerdo; creo que había como turnos para cuidarlas. Íbamos a Campofrío… y allí toda la tarde con ellas; se jugaba, hablábamos y reíamos. Supongo que irían a otros sitios… ahora es cuando tenía que decir… Rafael, échame una mano…  Como veréis son pequeños trozos de recuerdos. Ah, nunca pude aprender a ordeñar muy a pesar de mi abuelo; fui una negada. Sin embargo sí que me gustaba enredar en la cuadra con los “jatines” o qué se yo.
Fui una privilegiada porque mi abuelo tenía un precioso huerto con un estanque tan grande como para poder darme como cuatro o cinco brazadas de largo. Él era un gran hortelano y tenía de todo. Árboles frutales, hortalizas, flores y también abejas. Y “las maíces” que cuando las cortaba para las vacas me hacía una carga que me ponía sobre la espalda para que la llevara a la cuadra… y cómo se reía. El estanque servía para regar, para lavar y para divertirse. En esa época era un lugar de encuentro. Lo malo era pasar por las colmenas que estaban a la entrada, sobre todo para aquellos que tenían miedo a las abejas, pero lo cierto es que no recuerdo que a nadie le picaran. Y anécdota fue para mí que en una ocasión que había un par de colmenas buscando sitio, mi abuelo con un par de cantos haciendo ruido las atrajo hacia su colmenar; en mi mente de casi niña- adolescente aquello me parecía mágico.
Eran días de mucho trabajo. Los hombres siempre en el campo, pero las mujeres también lo tenían complicado. No había agua corriente; se lavaba a mano. Algunos teníamos cocina de gas y si no, la lumbre. Había que ir a por leña y se criaban los gochos para el resto del año. Las gallinas, el que tenía conejos, y…. ¿las tiendas? Siempre pendiente del vendedor ambulante de turno (que por cierto en uno de tus capítulos, Rafael, haces mención). Productos frescos, pocos, salvo lo que podía dar el terreno. Y hablando de gochos, jamás se me olvidará el día que fuimos a comprar unos gochines mi tía Satur y yo  a las Ventas… la vuelta fue de cuento. Entre gruñido y gruñido, “caquita”; el olor  insoportable, y cuando llegamos a casa mi abuela había hecho un cocido… es que ni pudimos probarlo.  Cuánto nos reímos.
Y claro, para el descanso de día no podía faltar la radionovela famosa, muy muy famosa de la época. “SIMPLEMENTE MARÍA”,  aquello fue todo un acontecimiento. Ya podías estar lo cansada que pudieras, las faenas pendientes… pero la novela, vamos que no nos la perdíamos…
Los fines de semana, si no había fiesta en los pueblos cercanos, las chicas nos dábamos por la tarde un paseo por la carretera comiendo pipas y luego en casa de Hortensio comiendo más pipas, que no dejaba de ser un portal con una pequeña barra. Yo el teleclub apenas lo pude disfrutar. Y de vez en cuando, íbamos con Vina a pescar cangrejos; cubos y cubos de cangrejos. Creo que era en el nacimiento del río Valderaduey.  Entonces había de todo… Por ejemplo si poníamos veinte reteles, terminabas de poner el último cuando ya en el primero había dos o tres cangrejos, y no de los americanos que no tienen más que pinzas, eran de los autóctonos.
Otra figura entrañable de aquella época era mi tío Valérico, hermano de mi abuelo, y tía Juana, su esposa. Siempre tenía la sonrisa en los labios. Matrimonio entrañable. Tenía un terreno frente a  las eras, más o menos, y empezó a plantar pinos. Desconozco si aquello se habrá convertido en un pinar. Y me  enseñó cómo se hacían los adobes, que  por aquel entonces era la materia básica para levantar muros y paredes. Era todo un experto. La técnica, si ahora me pusiera, la recuerdo perfectamente.
Veranos de madrugones, de acarreos, de eras, de trabajos de casa… , pero siempre había momentos de risas y desahogos. Cada día se aprendía una cosa más; yo aprendí a segar con hoz y con guadaña, y mi abuelo era el que se encargaba de picarla y afilarla … sentado en el corral… ,a ver,  me llevaba los cantos que me encontraba por el camino… y ya por último llegaba la vendimia. Qué pena, me tocaba volver a Madrid. Ese ambiente no pude vivirlo pero sí que me han llegado noticias de las gamberradas que se hacían por esas fechas.
Y en fin, esos fueron mis veranos que recuerdo con todo mi cariño. Me he saltado muchas situaciones  buenas y malas, pero lo esencial creo que lo he podido plasmar. Lamento que en concreto no he alimentado la memoria histórica profunda del  pueblo, pero creo que es una pequeña historia del día a día de una adolescente.
Un saludo para todos.
 
 
 

En esta imagen podéis ver a la autora del texto que como arriba indico se trata de  Purificación Pacho López ("Puri") Nació en Lima (Perú). En la actualidad reside en Madrid.
 
 Los vínculos que unen a esta mujer con Mozos de Cea son paternos. Su padre fue Isaac Pacho Díez. Sus abuelos paternos fueron: Alejandro Pacho y Aquilina Díez.

 
 La fotografía está sacada en Perú. Al fondo se puede ver  el lago Titicaca el cual se encuentra ubicado en el altiplano andino.
 

prueba

domingo, 1 de julio de 2018

MEMORIA HISTORICA II

De nuevo hago acto de presencia con el fin de retomar el pulso al tema anterior, el cual   como sabrán todos aquellos que tuvieron la molestia y gentileza de leer, el asunto va aparentemente sobre memoria histórica vinculada a Mozos de Cea. En el anterior párrafo ya os indiqué que por lo extenso que se hacía publicar toda la información que conozco sobre este asunto en un sólo párrafo,   escribiría otro segundo párrafo con el fin de seguir hablando sobre esta misma cuestión. Y es lo que a continuación voy a hacer. Por tanto al lío.

Otra circunstancia que se dio durante el periodo de la Guerra Civil fueron las requisas y que consistían en apropiarse de la comida de la población rural para alimentar a la tropa militar que combatía en el frente. Por desgracia Mozos de Cea no se libró de este lamentable episodio en que los militares venían al pueblo con sus camiones   y se llevaban todos  los alimentos confiscados. Lo primero que hacían era, con ademán intimidatorio, ordenar a los vecinos del pueblo que sacaran a las eras las vacas y novillos que tenían en sus cuadras. Por el temor que éstos infundían, nadie se negaba a cumplir sus mandatos. Una vez todo el ganado allí reunido seleccionaban los de mayor peso y los subían a un  camión. A más de una  persona les he oído comentar lo siguiente: "El tío Marcelino Cuesta tenía un novillo muy cojonudo y se lo llevaron". Vamos que debió ser un ejemplar bien cebado y que  lamentablemente   al desdichado se lo expoliaron. También me comentaron que con mosquetón en mano   los soldados,  mayormente   "moros", invadían  los hogares   para requisar jamones, perniles y otros alimentos de procedencia porcina. Y sin rechistar. Como para hacerlo teniendo delante aquellos temibles soldados que trajo el Generalísimo de Marruecos para combatir con la tropas del bando nacional, a los cuales les dieron "carta blanca" para asesinar, violar y saquear en los pueblos  y ciudades conquistadas. También acostumbraban a requisarles el trigo. Por este motivo hubo un vecino  del pueblo que para evitar que  se lo requisaran, decidió ocultarlo en un corral de ovejas que tenía en la cota del monte. Pero tuvo la mala suerte el infeliz que los ratones de campo, que por entonces tanto abundaban, le comieran buena parte del trigo escondido.

De lo que tampoco  se libró Mozos de Cea durante aquella época fue   de la Falange:  un partido político de ideología fascista y que tuvo un protagonismo relevante durante la Guerra Civil y posguerra.  Por aquellos años  una persona natural del pueblo  ostentó el cargo de Jefe de Falange de la zona.  Se trataba de Vicente Bartolomé. Según  cuentan  fue muy  autoritario desempeñando su cargo.  Aunque al parecer no era de los que daban la cara. Os comento esto porque en cierta ocasión envió a un par de falangistas del pueblo a Velilla de Valderaduey en busca de una persona de este pueblo   sospechosa de  ser contraria al régimen  para traerla detenida a Mozos. Estos dos falangistas se presentaron ante el alcalde pedáneo  de Velilla con una orden de detención. Y el alcalde les dijo lo siguiente: .- Largaros de aquí y decirle a Vicente que si tiene cojones que venga él a buscarlo. Desde luego que aquellas intimidadoras palabras debieron amedrentarle lo suficiente  porque  no apareció por Velilla en  busca del sospechoso. Comentaros también que los falangistas en el pueblo disponían de un local que acostumbraban a utilizarlo para interrogatorios y detenciones. Se trataba de un cuchitril que tenía una diminuta ventana y  estaba situado dentro del edificio de la escuela. Recuerdo que este oscuro cuchitril durante mis años de escolar  servía para guardar  los trastos viejos e inservibles y también para almacenar la leña de roble que "picábamos"  (cortábamos)  los niños y luego la maestra le daba su correspondiente utilidad.   

Sin en el párrafo anterior hacia alusión a los niños de Mozos de Cea cuya infancia había coincidido con aquellos terribles años de la Guerra Civil, en este también  de voy a mencionarlos para comentaros   que cuando veían aparecer por  el espacio aéreo del pueblo los aviones de guerra  cargados con su  terrorífica munición y que iban con dirección al frente de combate, a los niños del pueblo por el pavor que les causaba su intimidatoria presencia y  su infernal ruido,  rápidos se iban a esconder. Por cierto,  a estos aviones los niños  los habían bautizado con el nombre de "los abuelos".  También  comentaban que en pleno verano mientras  se estaba faenando  en las eras se podía oir  el estruendoso  ruido de las bombas que arrojaban. Otra actividad que desarrollaban estos niños de Mozos de Cea durante aquella terrible época era la instrucción militar a cargo de un falangista con el propósito de aleccionarles el espíritu castrense. Este adiestramiento  solían llevarlo a cabo en el "Campo de María" (Donde se construyó la bolera) . Utilizaban una especie de fusil de madera para la instrucción y en ocasiones el paso era marcado por  los redobles del tabor que tocaba el "Tío Emilio" (Emilio Díaz)  Otra situación que de forma habitual se daba por entonces y que duró aproximadamente hasta casi la mitad de la década de los sesenta fue la de cantar el Himno de la Falange, que no es otro que  el "Cara al sol",  con el brazo derecho extendido igual que un saludo nazi. La cantaban los niños, o cantábamos, en plena calle delante de la puerta de la escuela antes de empezar   las clase.  Y digo cantábamos porque tengo un vago recuerdo de que en alguna ocasión durante mi primeros años de escolar con la maestra Emilia Díaz Rodríguez a mí también por obligación  me tocó  cantarla. Creo  además recordar que siempre había un niño encargado de portar la bandera española mientras se interpretaba.



 
 
(Tal como aparecen en la imagen estos niños con el brazo en alto al estilo  saludo nazi cantando el "Cara el Sol"  delante de la puerta de la escuela y la bandera nacional presidiendo el momento, así de esta forma cantábamos los niños de Mozos de Cea por entonces. Aunque a nosotros nos ponían en fila, no agrupados como los de la imagen.)

 
Quiero comentar también un hecho luctuoso, que si no me equivoco, creo que ocurrió en el periodo de  posguerra y el cual guarda relación con una persona natural de Mozos de Cea. Me estoy refiriendo al joven Doroteo  Pacho Pacho, hijo de Walerico Pacho y Juana Pacho.  Entre otras personas,  era familiar del actual alcalde pedáneo del pueblo y también  del Ayuntamiento,  pues bien  este joven  que cumplía el servicio militar en un cuartel de Santiago de Compostela, el día que se  licenció  al parecer se negó a obedecer una orden dada por un oficial . Según tengo entendido fue la de barrer el cuartel. Tristemente  aquel acto de insubordinación  le costó la muerte por que a bocajarro  un oficial le disparó con su arma y lo mató. Desconozco que condena impusieron al asesino, pero no me cabe la menor duda, de  que al amparo del régimen militar, lo más seguro es que saldría impune.     Según me comentaron,  la primera notificación  que llegó sobre la muerte de este joven, al que enterraron en Galicia,  parece ser que la recibió la autoridad  de un destacamento militar  que por entonces había cerca de Cea.

 En el anterior párrafo hacía mención de Florentino López (El "Tío Flores"), pues bien en este nuevo escrito también haré alusión a esta misma  persona para comentaros que en su día el Tío Flores se había alistado voluntariamente para enrolarse en  la División Azul con el fin de ir a luchar junto al ejercito nazi contra los comunistas en  Rusia. El buen sueldo que prometían pagar  a los voluntarios y alguna prebenda en favor de los familiares, hizo que se alistara. Cuando se estaba tramitando el papeleo  de su alistamiento en el cuartel de la Guardia Civil de Cea por alguna razón que desconozco,   desistió enrolarse. Lo más seguro que fue  por "mieditis" el echarse para atrás.   

Quiero también hablaros sobre un hecho  del que ya lo hice en otra ocasión, pero como guarda estrecha relación con este asunto, aprovecho para comentarlo de nuevo. Me estoy refiriendo a un matrimonio de origen asturiano que por el hecho de que la mujer había bordado una bandera para el bando republicano, fue represaliado por el régimen y condenado al destierro.   Este matrimonio  junto a su hijo mayor, Raúl,  acabó refugiándose en Mozos de Cea. Estuvieron viviendo un tiempo considerable en el pueblo y  habitaron la antigua casa rectoral. El marido, Evencio Serna, trabajó de albañil y su mujer, Ernestina Martínez Taranilla (Tina), se dedicaba a hacer trabajos de costura. En el pueblo nació su segundo y último hijo que pusieron por nombre  Audaz. Cuando abandonaron el pueblo se instalaron en Valladolid. Otra cosa que también os he comentado con anterioridad  guarda relación con la cartilla de racionamiento, la cual fue un elemento característico de la posguerra y que servía para adquirir los productos básicos y alimentos de primera necesidad. Pues bien, era en la cantina de Hilario Díez donde se podían adquirir los productos y alimentos mencionados.

Y hasta aquí este largo recorrido que he hecho a través de la memoria histórica de Mozos de Cea, si es que tiene la condición o el nivel suficiente   para poder  nombrarla como tal. Que la tenga, o no, creo que lo que realmente importa   es haber dejado escrita en estos dos párrafos toda la información que conozco  de  cuanto sucedió en nuestro pueblo durante aquellos dramáticos años de la Guerra Civil de España y su posguerra. Al margen de filias y fobias, considero que  lo escrito ha sido un ejercicio de memoria con el fin de mantener vivo el recuerdo de lo sucedido, porque está claro que el tiempo siempre está constantemente amenazando con borrarlo de su archivo. Y no es muy recomendable hacer que el horror  generado por  ambos bandos enfrentados cayera en el olvido. De suceder así, es muy probable que  este olvido acabe por engendrar monstruos y en esta ocasión con rencor fratricida.

Fue todo.

Placidas noches y largos días a todas y a todos.

Rafael.