viernes, 2 de noviembre de 2018

DÍA DE LOS DIFUNTOS

 
Retomo de nuevo la palabra escrita para volver ha dejaros publicado otro texto más y así continuar con esta labor nostálgica, de la cual se va nutriendo especialmente el blog. El asunto del que en esta ocasión os voy a hablar guarda relación con los muertos. Ya se que hablar sobre este tema da cierta grima, pero como hoy es día dos de noviembre, fecha donde se conmemora  a los difuntos, que mejor ocasión para hablaros de cómo era  aquella antigua costumbre de  enterrar  a los muertos en Mozos de Cea. Hablaros sobre esta costumbre, a mi juicio,  no deja de ser una forma de rescatarla del olvido y a su vez honrar a los muertos del pueblo. Y una vez expresadas  las correspondientes palabras protocolarias, comenzaré diciendo  lo siguiente.  Hace ya muchos años    cuando una persona moriría en Mozos de Cea no se la llevaba  al tanatorio de Sahagún tal como se hace ahora,     se la amortajaba  y velaba su cadáver  en el propio domicilio del difunto. Y  en el domicilio   permanecía  durante  las 48 horas que, según tengo entendido,  son   obligatorias antes de ser enterrado.  Mientras duraba este  tiempo de velatorio, el tañido fúnebre de las campanas tocando a posas durante el día era una constante. También era costumbre que las personas adultas y jóvenes  del pueblo visitaran al difunto como señal de duelo y como deferencia a la familia del fallecido. Por supuesto que a los niños también nos dejaban ver el cadáver. Lo habitual es que fuéramos en grupo. Y allí estábamos, en silencio delante del aquel cuerpo inerte, cuya presencia a mí en particular me resultaba  sobrecogedora.   Por entonces me impresionaba  y aterrorizaba  verlo tumbado sobre la cama con los ojos cerrados, manos sobre el pecho, a veces con un pañuelo atado en la cabeza para que se le abriera la boca; luego   con ese pálido color  amoratado y  macilento ,  que  en realidad es el color que  un cadáver nos muestra ante la muerte.  ¡Qué  congoja verlo así,  la verdad!  Máxime cuando  aquel fúnebre silencio,   de vez en cuando, se rompía  por el lamento o lloro angustioso de algún familiar del finado.  También quiero comentaros que de niño, aquel   hecho de ver los cadáveres   en condición "rigor mortis"  tumbados sobre la cama   me suponía el tener que pasar auténtico canguelo los posteriores  días de la visita. Ocurría  a la noche cuando me acostaba. En la cama tenía que cubrirme la cabeza con la manta y la sabana hasta quedarme dormido para así "protegerme" del inquietante visión del cadáver. Y bien,   una vez transcurridos los dos días necesarios de la obligatoria espera según el ritual cristiano, el   muerto  era  introducido dentro de su correspondiente féretro y a hombros era portado sobre unas andas negras   desde el lugar del velatorio hasta el interior de la iglesia. Mientras esto sucedía,   el tañido de las campanas tocando a posas era incesante.    Dentro del templo como es lógico se oficiaba la habitual liturgia para estos casos.  Mis primeros  recuerdos que tengo sobre  esta ceremonia litúrgica  es que se  cantaba en latín, con lo cual esta circunstancia de canturrearla  en esa lengua antigua  le daba un airé más fúnebre y sobrecogedora a la ceremonia.  Como fui monaguillo, viví muy cercano y directo este ceremonial de difuntos oficiado por el sacerdote Bernardo Pérez Gil. Aunque bueno, también era una costumbre el  que lo acompañaran  en los funerales algunos de los sacerdotes que por entonces oficiaban en los pueblos limítrofes que pertenecen  al Ayuntamiento de Villazando de Valderaduey.  Les recuerdo salir de la sacristía y comenzar a cantar aquello de: "Dies iræ, dies illa, Solvet sæclum in favilla Teste David cum Sibylla!..( Por cierto, al respecto, los niños teníamos nuestra propia versión del "Dies iroe, dies illa...", pero eso sí, lo  canturreábamos en castellano con un tono similar y  en plan irreverente y guasón, claro está. Así decíamos:  "diesila, diesila, el que es tonto no espabila". Cosa de niños.)
 
 
 
 
 
( En esta imagen se puede ver la placa que está colocada dentro del cementerio. En ella podéis ver, o leer, en su inscripción el nombre y apellidos de la persona   que hacía la función de alcalde pedáneo en el pueblo el año en que fue construido este cementerio y también los mismos datos del alcalde que hacía esa misma función el año en que concluyó la reforma y ampliación del cementerio vecinal de Mozos de Cea)
 
 
 
 

( En esta imagen aparece parte del cementerio y su puerta antigua, así como el tejado de un pequeño cuchitril que hay dentro del recito. Sobre la pared de la entrada de este cuchitril, al lado mismo de su puerta, está colocada la placa que aparece en la imagen de arriba.  Por cierto, el cuartucho al que me refiero, siempre oí que fue construido para realizar autopsias. No se si será cierto el que fue construido para darle esa utilidad, o es otra leyenda urbana más. Lo que está claro es que desde que tengo uso de razón jamás he visto que se realizara autopsia alguna. Es más, la única vez, que yo sepa, que se llevó a cabo este procedimiento médico en el pueblo fue en el año 1989 y se hizo en el antiguo y derribado edificio de la escuela)
 
  
 
Una vez que toda aquella parafernalia litúrgica en honor al difunto   finalizaba dentro del templo, de nuevo el féretro era portado por cuatro personas para llevarlo a hombros al cementerio y darle  allí la correspondiente sepultura, por entonces exclusivamente bajo tierra. El féretro como es lógico  iba acompañado de una comitiva de familiares y vecinos del pueblo. Una vez que la comitiva y el ataúd se hallaban dentro del cementerio, Bernardo Pérez Gil volvía a canturrearnos  salmos y  oraciones fúnebres, por supuesto en latín, y  cuando   pronunciaba  la expresión "Réquiem Cantim Pace", a la vez que esparcía agua bendita con el hisopo sobre la  fosa vacía,  daba por finalizado tan solemne  protocolo y a continuación   se depositaba el ataúd dentro de la tumba. Era costumbre por entonces  el que, antes de echar las primeras paladas de tierra sobre  el ataúd, algunos de los asistentes al entierro, en especial los niños, cogíamos un  trozo de tierra dura, popularmente conocido como cabón,  para besarlo   y  después arrojarlo dentro de la fosa.  Aún recuerdo aquel sonido profundo y estremecedor de las primeras paladas de tierra cayendo sobre el ataúd y también el lloro y lamento angustioso de los familiares del difunto mientras el féretro  lo iban cubriendo de tierra. Por cierto, respecto a los ataúdes, comentaros que  en tiempos remotos los cuales yo no conocí, al parecer era  el carpintero de Sahelices del Río  quien los fabricaba por encargo. Según tengo entendido los hacía de dos  piezas: la caja y la tapa. Los pudientes tenían la posibilidad de adquirir el féretro con ambas piezas. Por desgracia había quienes no tenían posibilidad alguna  y únicamente podían comprarse la caja. Estos últimos,  a la hora de enterrarlos, para que la tierra no fuera directamente a la cara del difunto,  se la cubrían con una de aquellas bulas papales que se adquirían previo pago  para tener derecho a comer carne durante la cuaresma. También con relación al asunto del que hablo en el texto, comentaros que la tradición mandaba y obligaba que los familiares del difunto, una vez sepultado,  guardaran luto riguroso durante un año, y a veces con propina. Las mujeres vestían completamente de negro durante este tiempo y los hombres solían ponerse un brazalete negro en la mangas de la chaqueta, jersey, camisa, etc. Durante este largo proceso de duelo se autoimponían la prohibición de participar y divertirse con cualquier festejo, ni tan siquiera con los que estaban  relacionados con la fiesta del patrón del pueblo.    A mi juicio, pienso que muchas de estas auto imposiciones prohibitivas venían precedidas más por   el ¿¡Qué dirán?! que por convicciones personales.

Como podréis comprobar, la forma actual de enterrar a los muertos, así como todo el protocolo anterior al funeral, dista mucho de parecerse a cómo se hacía en el pueblo aquellos tiempos remotos, de lo cuales  aquí os hablo. Ya de entrada prácticamente ha desaparecido la costumbre de  darles sepultura bajo tierra en el cementerio de Mozos de Cea. Ahora son enterrados en los correspondientes nichos y panteones que  construyeron años atrás en este camposanto. La Funeraria, o Tanatorios,  ubicados en   Sahagún y Almanza son los encargados de amortajar al difunto y  de organizar su velatorio . Y hasta en ocasiones son  las compañías de seguros por defunción   quienes se ocupan de todo el  protocolo y exequias. Está claro que el progreso y su imparable evolución han hecho que todo  se transforme. Para mejor o peor, eso depende siempre  de la forma como se quiera orientarlo. Aunque a mí personalmente no me queda la menor duda de que esa evolución y transformación ha hecho que desaparezca toda esa mística y fúnebre aureola   tan  intrínsecamente arraigado en las costumbres primigenias  de cómo enterraba años atrás  a sus muertos el pueblo de Mozos de Cea.  





 



 



( En estas dos imágenes podéis observar  los nichos, panteones y cruces que se encuentran en el interior del cementerio vecinal de Mozos de Cea y sobre sus lápidas están escritos  los nombres y apellidos, así como el año y la edad del fallecido.  Estos datos  que constan en las inscripciones de las correspondientes lápidas, todos ellos   están recogidos en la lista que abajo he publicado.  Son los siguientes:  




.- Félix Bueno, 8/5/ 1960. (67 años)                                               

.- Filomena Bueno Cuesta, 12/ 1/ 1964. (39)
                    
.- Apolinar Cuesta Rodríguez, 19/ 2/ 1965. (56)

.- Antonino González Cuevas, 30/ 11/ 1965. (51)

.- Lucio Pacho,  17/ 1/ 1965.  (66)

.- Neófito Cuesta Fernández, 23/ 12/ 1966. (¿.?)

.- Luciana Cuesta Herrero, 30/ 3/ 1968. (30).

.- Emeterio Cuesta Rodríguez, 11/ 5/ 1969. (53)

 .- José Fernández Martínez, 25/ 7/ 1970. (63)

.- Adolfo Pacho Fernández, 3/ 2/ 1971. (53) .

.- Úrsula Díaz Antón, 18/ 7/ 1971. (55)

 .- Rafael Díaz Antón, 4/ 12/ 1972. (88)
 
.- Mariano Cuesta Pérez, 21/ 2/  1973. (69)

.- Bonifacio González Morán, 19/ 12/ 1974. (26)

.- Alejandro Pacho, 6/12/ 1974. (80)
 
.- Emilio Rodríguez, 5/ 1/ 1975. (76)
 
.- Eusebio Lazo, 6/ 1/ 1975. (67)

.- Argimira Rodríguez, 13/ 8/ 1977. (75)

.- Fernando Fernández, 11/ 11/ 1977. (81)

.- Áureo Modino Conde, 27/ 1/ 1978. (75)

.- Caya Bueno, 13/ 10/ 1978. (47)

.- Guillermo Revuelta Gutiérrez, 4/ 1980 (¿.?)

.- Aquilina Díez, 15/ 4/ 1980. (85)

 .- Abilio Antón Herrero, 26/ 3/ 1982. (66)
 
.- Eradio García, 19/ 8/ 1982. (81)

.- Bonifacia Bueno Fernández, 29/ 7/ 1984. (69)

.- Hortensio García, 3/ 5/ 1984. (57)

.- Paulino de Lucas Pérez, 3/ 8/ 1984. (85)

.- Olegaria Revuelta González, 18/ 8/ 1985. (73)

.- Maximiano Cuesta Monje, 4/ 1/ 1986. (56)

.- Vicenta Fernández Conde, 20/ 11/ 1986. (82)

.- Laurentino García Vallejo, 23/12/ 1987. (58)

.- María del Rosario Modino, 2/ 11/ 1988. (79)

.- Pilar Díaz Rodríguez, 27/ 4/ 1989. (66)

.- Pedro Revuelta González, 28/ 6/ 1989. (55)

.- Dionisio Conde Morán, 26/ 7/ 1989. (74)

.- Eleuterio Castellanos, 2/ 1/ 1990. (79)
 
.- Juliana Rodríguez, 1/ 5/ 1990. (85)

.- Anastasia Herrero Fernández, 22/ 9/ 1990. (89)
 
.- Pedro Pacho Pacho. 15/ 11/ 1990. (66)

.- Julián Rodríguez, 3/ 4/ 1991. (55)

.- Teodora Rebanal Valdés, 6/ 1/ 1991. (67)

.- Epifanio Cuesta Rodríguez, 15/ 1/ 1992. (87)

.- Macrina Revuelta González, 10/10/ 1992. (¿.?)

.- Fidela Fernández, 14 / 3/ 1995. (92)
 
.- Gerardo Fernánde Fernández, 3/ 1/ 1996. (71)

.- Camila Pérez, 18/ 5/ 1996.  (87)

.- Antolina Fernández, 16/ 3/ 1997. (77)

.- Lucía Antón, 24/ 4/ 1997. (83)

.- Erasmina Barreales Novoa, 17/ 7/ 1997. (74)

.- Fidel Revuelta Pacho, 18/ 8/ 1997. (35)
 
.- Antonio Pacho Díez, 18/ 9/ 1997.  (¿.?)

.- Ascensión Pacho Fernández, 17/12/ 1998. (90)

.- Froilana Modino Morán, 11/ 10/ 2000. (85)

.- Dionisio Pacho Fernández, 22/ 12/ 2000 (80)
 
.- Froilana Morán Fernández, 18/1/ 2001. (83)

.- Crescencio Morán Fenández, 15/ 8/ 2001. (78)

.- Pilar Pacho Fernández, 17/ 1/ 2002. (91)

.- Lorenzo Caballero Cuesta, 10/ 7/ 2002. (78)
 
.- Gaudencia Novoa Lazo, 12/ 8/ 2002. (87)

.- Julio de Lucas Gago, 17/ 11/ 2002. (91)

.- Margarita Cuesta Modino, 6/ 7/ 2003. / (67)

.- Silvio Morán Fernández, 20/ 6/ 2003. (83)

.- Irineo Pacho Díez, 24/ 9/ 2003. (69)

.- Felipa Conde Taranilla, 13/ 12/ 2003

.- Antonia Cuesta Gago, 12/ 2003. (98)

.- Carmen Pérez Rodríguez, 12/ 12/ 2004. (59)

.- Faustina Pacho Rodríguez, 10/ 4/  2005. (91)

.- Marta Morán Cuesta, 5/ 2/ 2006. (34)
 
.- María Bartolomé Díaz, 7/ 3 /2006. (94)

.- Ezequiela del Blanco Bueno, 2/ 6/ 2006. (77)

.- Lorenzo Díaz Rodríguez, 9/ 6/ 2006. (81)

.- Juan Rodríguez Antón, 5/ 12/ 2006. (84)

.- Avelina Cuesta Fernández, 15/ 10/ 2008. (76)

.- José Luis Pacho Rodríguez, 9/ 2/ 2010. (70)

.- Epifanio Morán Fernández, 28/ 5/ 2010.  (87)

.- Lidia Morán Fernández, 3/ 12/ 2010. (84)

.- Dionisia Pacho Rodríguez, 10/ 7/ 2013. (86)

.- Aníbal Morán Fernández, 15/ 4/ 2014. (83)

.- Exuperancia Pacho Taranilla, 21/5/ 2015. (¿.?)

 
.- Vicente Díaz Rodríguez, 5/ 7/ 2015. (79)
 
.- Dalmacia del Blanco Bueno, 31/ 1/ 2017. (91)
 
.- Hipólita Cuesta Modino, 8/ 5/ 2017. (87)
 
.- Serapio Lazo Fernández, 5/ 7/ 2017. (81)
 
 
 
Quizá os pueda llegar un tanto triste el mensaje de este  párrafo por el asunto del que trata, aún así, espero que su lectura al final os haya resultado amena y a su vez, cuanto queda escrito, nos sirva para recordar y conmemorar a todas aquellas personas del pueblo   que ya no están entre nosotros.
 

Largos días y plácidas noches a todas y a todos

Rafael






 
 










 
 

miércoles, 17 de octubre de 2018

INVITADO

 
De nuevo retomamos el capítulo de invitados . En esta ocasión traigo a este espacio un emotivo y nostálgico texto cuyo autor del mismo es, Irineo Conde Morán, y en él nos deja plasmados los recuerdos de sus andanzas y vivencias escolares. En definitiva, sus personales experiencias de niño vividas durante su  remota etapa escolar en Mozos de Cea. Que según mis cálculos, o deducciones, tomado como referencia  los años que en la actualidad tiene el susodicho  autor,  estos recuerdos escolares aproximadamente datan  de mediados de la década de los cuarenta y principios de la década de los cincuenta; estoy hablando del siglo pasado claro está. Sin más dilación os dejo el  texto del que os hablo.
 
 
 
 
(Me ha parecido oportuno como introducción al texto, ya que guarda relación con el mismo, por la  antigüedad de ambos,  es ilustrar su entrada con la publicación de esta fotografía donde aparecen posando en ella un grupo escolar de niños y niñas de Mozos de Cea con su maestra. El autor del texto no aparece en ella. Es lógico porque aún no había nacido.  Es muy probable, y con un elevando tanto por ciento de seguridad, esta fotografía puede estar tomada de entre los años 1932 a 1935. En la actualidad, de todos los que aparecen en esta imagen, que yo sepa, sólo viven cuatro personas, todas mujeres,  y  sobrepasan la edad de 90 años. Una de ellas, Eustaquia Conde Taranilla,  acaba de cumplir 97 años el mes pasado. )
 
 
 
LA ESCUELA DE MI PUEBLO

Aureliano, si no me equivoco, era el maestro del pueblo. Tenía fama de muy duro y de utilizar el castigo  físico de forma regular. Se contaban historias muy feas. La realidad y de utilizar el castigo físico de forma regular. La realidad es que yo nunca vi ninguna escena de castigo físico. Los mayores de la escuela se llevaban muy bien con él y corrían al frontón, cada recreo, para jugar pelota en su compañía También era cierto que los jóvenes del pueblo recibían clases en las noches en forma gratuita, claro está.
 
Aureliano me enseñó a leer y a escribir. Eso es mucho decir y de no olvidar. Pero mi primer día de escuela fue angustioso por decir lo menos. El salón tenía una sola puerta en la parte de atrás. Por dentro, el carpintero le puso dos listones cruzados que, para mí, significaron, en los primeros momentos, que estaba preso, encerrado, trancado…. Lloré mucho, lo recuerdo bien. Pero sólo el primer día. Porque ir a la escuela era el ritual por el que pasabas a pertenecer al grupo de chiguitos del pueblo. A partir de ese día, las tardes ya eran más libres para hacer de todo.
 
Un día a la   semana, no recuerdo cuál, con brazo levantado y mirando a la bandera, cantábamos una canción que me gustaba: “¡Salve, bandera de mi patria, salve”! También aprendíamos aquella otra que decía “Cara al sol con la camisa nueva….” Eran los tiempos.
 
Aureliano se fue. Y en un par de años pasaron por la escuela un buen número de maestras jóvenes y guapas. Las queríamos mucho porque ellas también se hacían querer. Las esperábamos en el camino a Villeza cuando llegaban en el coche de línea.  En general se portaron muy bien y creo ponían en práctica la pedagogía recién aprendida en la Normal. Hubo una de ellas, que dibuja y pintaba maravillosamente. Recuerdo las láminas de cada  domingo que nos traía el taco, con las que llenaba el pizarrón grande. La reemplazó un mozo del pueblo que paraba en Madrid, creo. Me refiero a Isaac Pacho. Su estilo de enseñanza nos sorprendió a todos. Hablaba de puntos ganados, de premios a los que más se esforzaban…y qué buen trato. Luego supe que había sido Marista en su juventud…

Pero Isaac también cayó en la equivocación de la maestra y, junto con mi compañero y amigo, Máximo Pacho, nos bebimos una copa, bueno, mejor es decir probamos una copa de aceite en vez de licor. ¿Qué pasó? La maestra había cumplido años y una chiquilla residente en Madrid y que pasaba una temporada en el pueblo, organizó un pequeño agasajo a la profesora. Claro, había que contribuir con una cuota que mi padre no me proporcionó porque no tenía dinero para cosas así. Tampoco Máximo pudo cumplir con aquella decisión…no se me olvida el detalle de la profesora que no soportó la ausencia de dos alumnos y que, seguramente, comprendió el motivo. Nos llevó a la casa a los tres y nos invitó a unas galletas y a una copa de licor. La pobre se equivocó de botella y las llenó de aceite. Ni mi compañero  ni yo, nos atrevimos a decir nada. Fue Isaac quien, nada más tocar sus labios el líquido, se lo hizo notar de una forma agradable y risueña. Pobre maestra. No sabía cómo disculparse. Por supuesto que nos la cambió por el verdadero licor. Ese detalle de llamarnos no se me olvida. En la maestra había una persona de verdad y no podía dejar en el olvido a ninguno de sus alumnos.

Los recuerdos, hasta este momento, son agradables. Me iba bien en la escuela. Todos éramos amigos. Como era mixta, el trato con las chicas era bueno y normal. Con el tiempo se comenzó a jugar a mayores y se hablaba hasta de novias…¡Que goce!

Había en la escuela un juego de libros de lectura cuyos caracteres estaban impresos como en letra manuscrita. Me encantaba cuando nos llevaban, alrededor de la gran mesa de la maestra, a practicar la lectura a los que ya podíamos hacerlo con soltura. ¡Qué historias tan interesantes!

También tenía la escuela una serie de cartelones que representaban la Historia Sagrada. Estaban, si mal no recuerdo, colgados de las paredes. En ellos, una veces guiados otras personalmente, repasábamos la historia graficada  y resumida que podemos encontrar en la Biblia. Los recuerdos son muchos, pero no quiero cansar. Seguiré en otro momento.
 
 
                                                      
 

El que aparece en la imagen es el autor del texto publicado, Irineo Conde Morán. Nació en Mozos de Cea, aunque actualmente tiene su residencia en la ciudad de Catacocha (Ecuador). Pertenece a la comunidad de los Hermanos Maristas de ese país latinoamericano.

Como no temo a equivocarme, me tomo la licencia de afirmar  que sus orígenes de Mozos de Cea son ancestrales. Sus padres, naturales ambos  de Mozos de Cea,  fueron Dionisio  Conde y Consolación Morán.

Espero que halláis encontrado interesante el texto publicado y os haya proporcionado un  rato ameno su lectura. Antes de finalizar, os  animo a que compartáis en este blog algún escrito que tengáis, o escribáis próximamente, y que  guarde relación con nuestro pueblo. Si os animáis a participar, estoy seguro que resultará emotiva y grata su lectura.

Saludos a todas y a todas.

Rafael 
valdemar_5@telefonica.net


 
 E
 

jueves, 4 de octubre de 2018

LA VENDIMIA




Estamos en el mes de octubre y uno de los emotivos recuerdos que tengo asociados a este mes es el de la tradicional vendimia que en tiempos remotos se practicaba en el pueblo. Porque aunque  pueda parecer inverosímil, hace alrededor de unos cincuenta años en Mozos de Cea hubo mucho viñedos. Por entonces había en el pueblo unos parajes donde se concentraban la mayor parte de los mismos.  Me estoy refiriendo a : "El Chopo y El Anillo",  ambos estaban unidos por los viñedos, y el otro corresponde a "Las Quemadas". También a lo largo y ancho del páramos se hallaban en menor medida dispersos otros majuelos con una variedad de uvas que crecían en sus cepas,  mayormente  las conocidas en el pueblo  como "uvas de híbrido". De mala calidad para elaborar con ellas el vino, sin duda. También crecían en aquellas cepas, aunque en menor medida, otra variedad de uvas obviamente de mejor calidad como era la "uva americana", la "uva del tintorro", el tempranillo, etc. Todas ellas una vez vendimiadas, se mezclaban para la elaboración del vino. Respecto a la  uva blanca el tempranillo, comentaros que era, o es,  muy exquisita al paladar y además la primera en madurar. Por esta razón, muchos días antes del comienzo de la vendimia, se iba a menudo  a la viña  con una cesta para traer a casa uvas de esta clase. Era típico por entonces dar de merendar a los niños un pedazo de pan y un racimo de estas uvas. Por otra parte, comentaros que todos los viñedos fueron desapareciendo progresivamente poco antes de la concentración parcelaria. Algunos vecinos los desceparon sabedores de que la viña de su propiedad pasaría a serlo del dueño de la nueva parcela que le había correspondido. Luego también sucedió de que el Estado pagaba cierta cantidad de dinero a los labradores que desceparan los viñedos donde crecía la "uva híbrida". Por consiguiente, al haber dinero de por medio, a los últimos viñedos que habían sobrevivido a la concentración parcelaria les arrancaron sus cepas de raíz.  Por este motivo en Mozos de Cea se extinguieron  prácticamente en su totalidad  todos los terrenos plantados de vides.   

  Antes de la extinción de todos aquellos viñedos  dispersos a lo largo y ancho del páramo de Mozos de Cea, cada año se llevaba a cabo en el pueblo la recolección de la uva. Una actividad que lo habitual era que comenzase con la llegada del otoño. El antes y el después de la vendimia, así como la elaboración del vino,  tenia un largo y complejo proceso. De entrada, días antes de iniciar la recolección de la uva, había que lavar a conciencia las barricas, o "pipas" como se las conocía popularmente y que estaban  fabricadas con madera de roble.  Se sacaban estos recipientes  fuera de la bodega y en algunos de los lugares del pueblo donde había agua se lavaban. El lugar preferentemente para llevar a cabo esta tarea de lavado era la charca de "Las Barreras". Aunque   también el agua de:   "La fuente de Antocil", " "La poza del  Campo del Río"; "La charca de Mesteruelo", y algún que otro  acuíferos más cercano al casco urbano,  sirvieron en su día para este cometido.   Se las  solía dejar llenas de agua unos cuantos días con el fin de  que su madera hinchara y de este modo  se cerraran  las grietas que podrían tener. Recuerdo que dentro de la bodega   había una barrica muy grande, desconozco  la capacidad de litros, o cántaros, que hacia este recipiente. Lo único que puedo deciros es que   popularmente se la conocía como  "volcoi". Como se trataba de una barrica  de enorme tamaño, era difícil y complicado sácalo al exterior para proceder a su lavarlo, por lo tanto esa tarea se desarrollaba dentro de la propia bodega.






( Aquí tenéis en esta imagen una panorámica típicamente de la vendimia. En blanco y negro, tal como transcurrían por entonces los días de la vendimia  en Mozos de Cea, de los cuales  os hablo en este párrafo. En esta imagen, aparte de las vendimiadoras y vendimiadores, se ven canastos en primera fila y detrás esos cestos de gran capacidad conocidos como cuévanos. No falta tampoco el carro, de vacas o de mulos. No se precisa en la imagen a que ganado pertenece. Pero lo que no hay duda de que estos utensilios también estuvieron muy presentes durante aquellos años de vendimia en Mozos de Cea)
 
Y una vez puestos en su punto los tonales, empieza la recolección de la uva. Ahora serían, o son,  los  carros de vacas, los cestos y canastos, o los cuévanos (recipiente de mimbre de doble capacidad que el cesto), y por supuesto los vendimiadores y vendimiadoras,  los principales protagonistas de esta historia. Por cierto los susodichos  cestos de mimbre y  también cuévanos  muchos de ellos estaban fabricados en Mozos de Cea. Había por entonces dos vecinos en el pueblo, Áureo Modino y Paulino de Lucas, auténticos  artesanos en la elaboración de los cestos. Los  fabricaban  con las ramas de un árbol llamado "Balsa".  Por otra parte, comentaros que cada vecino tardaba aproximadamente  una semana en recolectar todas sus uvas. En ocasiones   se ayudaban entre vecinos a vendimiar y en otras  solía arrimar el hombro algún pariente de la familia. Lo habitual era que se estuviera todo el día vendimiando,  con los descansos correspondientes claro está. Por esta razón,   se llevaba un buen suministro de viandas para alimentarse por que hasta el atardecer no se regresaba a casa. La vuelta al pueblo  se hacía una vez que  los carros estaban prácticamente  llenos de las uvas recolectadas. La verdad es que se creaba un agradable ambiente durante el tiempo de la vendimia, sobre todo si estaban presentes en la tarea personas ajenas a los miembros de la familia:  Los chascarrillos, el humor y  las risas no solían faltar nunca. Lo que también se daba por aquel tiempo era la tradicional broma de "echar la lagareta". Broma que consistía en reventar las uvas de la variedad llamada tintorro delante en  cara del que tenías enfrente. Al ser  el jugo de esta uva muy oscuro, te puedes hacer una idea de que color te dejaba el rostro. Al menor descuido, te iba "tintorrazo a la cara". Esto se daba con frecuencia por entonces entre las mozuelas y los mozuelos que siempre andaban tan jocosos ellos.   Otra costumbre era el que si algún vecino disponía de muchos viñedos, no tenía más remedio que  echar mano de algún vendimiador, al que tenía que pagarle un jornal, claro está. Quiero comentar también, que otra costumbre era  cortar de las cepas alguna de las ramas donde crecían los racimos de uvas de notoria calidad. Una vez cortadas aquellas ramas a las que popularmente se conocía como vástigas,  se llevaban a casa. Alunas veces  se  colgaban aquellas ramas, otras en cambio   se las quitaban sus  racimos  y se les extendía  sobre pajas de centeno para su mejor conservación. Tenían que estar en un lugar oscuro y ventilado.  Como permanecían mucho tiempo protegidas, aquellos racimos acababan teniendo la apariencia de uvas pasas. Aunque muchos otros se pudrían.


Al atardecer, una vez que se llegaba al pueblo,   aquella  uva que se había recolectado durante toda la jornada  y que se hallaba almacenada  en el  carro, había que descargarla con una horca y depositarla dentro en una   lagar que estaba situada en el interior de la bodega.  Unos días antes de la vendimia se  acondicionaba  y lavaba a conciencia el lagar para este fin. Días tras día se repetía la misma tarea del descargue hasta que finalizaba  la recolección de la uva. Una vez que estaban  todas uvas depositadas dentro del lagar, era el momento de  comenzar con la tradicional pisada de las uvas. Se solía hacerlo normalmente descalzos y durante unas cuantas horas se pisaba todo aquel revoltijo de uvas  con el fin de   extraer todo el jugo de ellas. La lagar tenía un orificio a ras del suelo y por él salía el jugo de las uvas que caía sobre un foso bastante profundo y estrecho al que se conocía con el nombre de pila.  Dentro de la pila aquel jugo convertido en mosto   seguía su proceso de fermentación. Se trataba de  una tóxica fermentación  que  iba liberando unos gases asfixiantes y en poco tiempo la falta de oxígeno podía matar a quienes se encontraran dentro de la bodega. De ahí la precaución y el estar siempre prevenidos contra este riesgo mortal. Aún corriendo riesgos, tenías que estar necesariamente al pie del cañón  sacando con el caldero aquel mosto de la pila, una vez que ésta se llenaba,  para depositarlo en el interior de las barricas. Por suerte no se dio en Mozos de Cea ningún caso de fallecimiento a cuenta de esta fatídica circunstancia, y eso que prácticamente todos los vecinos del pueblo elaboraban en su propia lagar  el vino. Y bien, una vez que ya se acababa la tarea del pisado de uvas,  se solía amontonar dentro de la lagar todos sus residuos:   hollejos, pepitas, rabos, etc. A falta de una prensa para estrujar estos residuos,    se colocaba normalmente encima de aquel montón la zarcilla que se utilizaba para el carro, y sobre este artilugio de madera,  se ponían  unas cuantas peñas que dieran la utilidad de una  prensa con el fin de conseguir estrujar lo más posible aquella aglomeración de residuos.




 


( En esta otra imagen aparece el tradicional pisado de la uva. Como la anterior también pertenece esta fotografía a aquellos años de blanco y negro del siglo pasado. Aquí se puede apreciar a tres personas dentro del lagar pisando la uva, aunque estén posé fotográfico. Pero es evidente que están en plena faena del pisado de la uva. Tal como se hacía por entonces en nuestro pueblo y el lagar donde lo pisan es muy similar a los que había por entonces en las rústicas y sencillas bodegas de Mozos de Cea)


Por otra parte,   el mosto fermentado de la pila ya estaba depositado en el interior de las correspondientes barricas.  Se dejaba abierto el orificio por donde se llenaban las barricas  durante unos días para que siguiera fermentando el mosto y liberara todas sus impurezas. Una vez transcurrido el tiempo conveniente y cesado la fermentación, se solía echar dentro de las barricas unos polvos químicos los cuales supuestamente servían para que no se avinagrara el vino.  Aunque la verdad sea dicha,  no resultaban  muy prácticos aquellos polvos. Raro era que el vino que contenía alguno de aquellos recipientes  no se avinagrara.  Sobre todo cuando comenzaba la temporada del calor. Y eso que  se cerraban a conciencia los orificios de las barricas para que no "respirara" por resquicio alguno, con el fin de  que  allí dentro  aquel caldo autóctono reposara  en perfecta simbiosis con la madera hasta su elaboración y  consumo. Cuando ya se creía que el vino estaba listo para beberlo, se colocaba una espita en la barrica correspondiente para extraer el vino a través de ella. Esta acción de sacar el vino por vez primera de aquel recipiente se conocía popularmente como "espitar". Y una vez espitado, el trasiego de idas y venidas a la bodega con el jarro o el porrón   era una constante. La verdad es que  aquel "caldo de los viñedos de Mozos de Cea"  te podías beber perfectamente un litro casi del tirón y  para nada te ponías "piripi". Yo creo que esto se   debía a los pocos grados de alcohol que tenía. Cierto que su sabor dejaba mucho que desear al paladar. La mayoría  para que tuviera un saborcillo mejor acostumbraba a  mezclarlo  con aquellas gaseosas sin marca registrada   que elaboraba Eliher del Ser     en su fábrica de Valdescapa.   Lo que está bien claro es que prácticamente  todos los hogares  del pueblo se autoabastecían con aquel vino de la tierra. Y alguna que otra persona  hasta tenía excedente del mismo, razón por la cual  vendía garrafones de morapio  a quienes andaban faltos de él. Recuerdo que uno de aquellos vendedores   era Epifanio Cuesta Rodríguez. 

Como todo en la vida va evolucionando, se supone que para mejor, la rudimentaria forma de conservar el vino progresó. Los últimos años antes de que se extinguiera la vendimia en el pueblo, se llevaba a cabo el "embotellamiento del vino" para su mejor  conservación. Aparte que a las barricas se las echaba unos productos químicos  mejor preparados que garantizaban   que el vino no se "picara", -manera en que popularmente se decía cuando se avinagraba el vino-,   y  además  le proporcionaban un sabor más agradable al paladar. Como era lógico, para envasar el vino se necesitaba disponer de una considerable cantidad de botellas. Eran los bares de Sahagún normalmente  quien se las proporcionaba a los "vinateros", aunque éstos tenían que  abonar de una peseta, o dos,  por  cada botella vacía.  Se solían envasar una cantidad considerable  con el fin de que el vino pudiera llegar hasta la próxima elaboración. Al estar  conservado dentro de las botellas cerradas  con un tapón de corcho introducido a presión, no    se corría riesgo alguno   de que las altas temperaturas lo avinagrara como acostumbraba a hacerlo cuando se hallaba dentro de las barricas. Recuerdo que había algún que otro  que no le hacía ascos  a aquella "vinagreta" (popularmente así se nombraba) y se echaba sus buenos tragos para refrescar el gaznate.  Aunque este tipo de "echaos pa lante" había muy pocos.

Por cierto, aquel montón de residuos de la uva, conocido como orujo, y que se hallaba   apilado dentro del lagar, una  vez que se había estrujado al máximo, se cargaba dentro del carro y se lo llevaba a esa destilería, o alambique, que la  mayoría de vosotros  conocéis  y cuyo  nombre es  "El Truébano". Una vez que se llegaba a la destilería con el carro,  se pesaba la  carga que transportaba con el fin de saber los litros de aguardiente que te correspondían a cambio del orujo que les entregabas. Los litros que te correspondían no era costumbre traerlos todos de una vez. Lo normal era  ir a por ellos con una garrafina al El Truébano   dos o tres días al año: por la fiesta del patrón, al comienzo del verano y por las navidades. La cuestión era de que los litros de  aguardiente que disponías te duraran la mayor parte del año. Era costumbre convidar con una copa del mismo a quien fuera a tu casa por algún motivo en especial y también tradición era el beberse un copazo de aguardiente en plena madrugada cuando se iba en verano a acarrear la mies. Está claro que aquellos antiguos labradores,  recios y curtidos por el cierzo y la solana, como  la tierra árida  de Mozos de Cea, eran los únicos capaces   de echarse un tragazo de aguardiente en plena madrugada, y además  medio en ayunas.  Bien  es sabido que  por su alta graduación etílica esta bebida alcohólica te abrasa hasta las entrañas.   Aquí ese refrán que dice " lo que no te mata, te hace más fuerte", acierta de pleno.

A mi juicio, creo  que más o menos todo lo más relevante  sobre este asunto de la vendimia aquí se queda escrito. Para no aburrir ni cansar, tampoco es cuestión de extenderme con más detalles o anécdotas. Sólo me queda decir  que es una lástima el  que la tradicional vendimia en Mozos de Cea  se haya extinguido. Pero es lo que hay y el progreso y su implacable evolución así lo ha impuesto. Y toca acatar sin rechistar. Aunque recordar con cierta  nostalgia el antiguo y tradicional arte de elaborar el vino nadie ni nada   nos lo podrá impedir.  Por hoy termino,  en otra ocasión más y mejor.

Saludos a todas y a todos.

Rafael

 

 

sábado, 8 de septiembre de 2018

TOQUES DE CAMPANA

De nuevo retomo la palabra escrita con el cometido de costumbre. Sobradamente conocéis que esta misión es hablar mas o menos de lo mismo, aunque  que siempre con su habitual variante, porque el recuerdo en sí siempre varía dependiendo de la situación o las circunstancias en que éste se haya originado.  Y como de recuerdo se trata es obvio que todo cuanto guarda vínculos con el pasado de Mozos de Cea siempre está presente en cada párrafo que queda publicado en este espacio.  Situaciones y circunstancias de un pasado cuyos momentos a veces personalmente los viví in situ; otros en cambio no tuve la oportunidad de vivirlos, pero esto no es óbice  para poder  escribirlos ya que he tenido la suerte de  escucharlos por boca de otras personas.   Al ser transmitidos estos   momentos del pasado por  boca de las personas mayores es normal  que   que existan diferentes versiones sobre el mismo asunto dependiendo de la forma que cada uno nos lo cuente o lo haya vivido.  Por lo tanto, su veracidad quedará supeditado al grado de confianza y fiabilidad que nos confiera la persona que nos lo haya contado.  Y bueno,  expuesta la protocolaria presentación del texto, vayamos al asunto principal que no es otro que hablaros sobre los distintos toques de campanas que desde tiempos remotos se han practicado en Mozos de Cea. Lamentablemente hoy en día por un sin fin de circunstancias adversas  el tañer de las campanas es casi inexistente. 
 
Las campanas de la torre de nuestra iglesia, como la de todos los pueblos colindantes, digamos que tienen sus voces particulares, como también inigualables e inconfundibles. Unas voces que tiempo atrás en cada momento y ocasión, con su peculiar tañido   fueron capaces  de transmitirnos alegría y regocijo; si bien otras veces su tañido era similar al de  un sollozo que hacía estremecernos el corazón. Autenticas mensajeras de lo cotidiano y de lo divino. Uno de sus principales cometidos  ha sido el  anunciar el principio de la vida y su final: nacimiento y muerte. Siempre han funcionado con una especie de códigos sonoros que tiempo  atrás la mayoría de los vecinos  conocían y por supuesto que las personas mayores del pueblo aún los siguen conociendo porque los  han oído reiteradamente, con lo cual estoy convencido de que el sonido de esos   toques les resulta  difícil de olvidar.  A continuación escribiré, o citaré,   algunos de esos toques de campana que a lo largo del tiempo han sonado en nuestro pueblo. Muchos de estos toques me son familiares y varios de ellos de ellos los conozco perfectamente por haberlos escuchado en varias ocasiones.
 
 
 
 
 
( Para que estos   toques de campana no  queden definitivamente arrinconados en el silencio y el olvido y las nuevas generaciones que los desconocen tengan la oportunidad de escuchar los  tradicionales  toques de las campanas de Mozos de Cea, se suele hacer exhibición de los mismos durante las fiestas en honor al patrón del pueblo San Pelayo. Es lo que se puede apreciar en esta imagen, o fotografía sacada el 26 de junio de 2010, en la cual  aparece  Irineo  (Neo) Conde Pacho  en el momento de practicar uno de los  toques que a continuación citaré.  Junto a él están Tomás y Nacho que observan y escuchan con atención )

 

Comencemos con los toques:


Toque de bueyes: Con este toque los vecinos  soltaban las vacas atadas en sus cuadras para ir a pastar a los prados vecinales del pueblo:  "El Cesto", "Valdezalces"  "El Campofrío" "El Horcajo"... Normalmente se hacia a la tarde.  Cuando este toque se realizaba de mañana, habitualmente a finales del verano,   las vacas pastaban  las rastrojeras de  todas las fincas segadas. Para esta ocasión, los vecinos se organizaban en turnos para guardar el ganado.  Los días que duraba el cuidar del ganado dependía del número de vacas que de su propiedad pastaban. Cuando finalizaba su turno, se avisaba al  siguiente vecino que  correspondía para cumplir con esta obligación. El hecho de avisarlo se conocía popularmente como "Echar la vez".

Toque a concejo:  Se hacia con la intención de convocar a los vecinos a una reunión  en la "Casa Concejo" para debatir temas de interés general relacionado con el pueblo. En Mozos de Cea esta casa era  el edificio de la escuela, aunque la reuniones era costumbre  hacerlas  en plena calle. Cuando las inclemencias del tiempo lo imposibilitaban, el concejo se hacía dentro del portal de la casa del Sr.  Walérico  Pacho. Era obligatorio la asistencia a estas reuniones de un representante de cada casa.

Toque a facendera: Este toque consistía en la llamada a los vecinos para realizar trabajos en beneficio de la comunidad; tales como: limpiar charcas y manantiales, arreglar caminos, limpiar el lodo de las barreras, etc. También era costumbre que cuando nevaba, los vecinos de Mozos de Cea de forma colectiva quitaran  con sus palas toda  la nieve que cubría el trayecto de  la carretera  que lindaba con el terreno del pueblo. A la facendera estaba obligado a participar una persona de cada casa. Si por causa no justificada  no acudía, tenía su penalización. Bien a realizar en solitario algún trabajo comunitario o pagar un multa en "Papel del Estado". Este papel de pago, adquirido en el estanco,  se debía  presentar al alcalde pedáneo  para que éste comprobará que había sido abonada la multa.

Toque de quema: Se trataba de un toque rápido y largo que requería la intervención de todos los vecinos del pueblo para sofocar el incendio de un determinado edificio.  Al escuchar el toque, rápidamente los vecinos sacaban  sus calderos de casa y se  acercaban al foco del incendio. Solían también acudir vecinos de los pueblos colindantes. Se formaban cadenas humanas que llegaban hasta donde se hallaba el  agua más próximo; bien la de un pozo, o de las barreras. El trasiego de calderos  llenos y vacíos de ida y vuelta y de mano en mano  era una constante. Des esta forma tan rudimentaria y  práctica se apagaban los incendios, o quemas, en aquellos remotos años, de los cuales,  yo presencié in situ  durante  mi infancia y adolescencia tres incendios en el pueblo y que   fueron los siguientes:  la casa de  Ambrosia Morán (La monja), la casa de Cayo Cuesta y  desgraciadamente también  la antigua casa donde viví prácticamente toda   mi infancia. En la actualidad ese viejo edificio que se quemó y luego fue reformado, ya ha desaparecido y en su lugar hemos  plantado una variedad de manzanos.


Toque de posas: se trata de una cadencia lenta y de repetidos sones graves y agudos intercalados. Aún se sigue conservando esta costumbre de tocar  a posas. Aunque últimamente tan sólo se toca el día del funeral porque es cuando el cadáver del difunto se halla presente en el pueblo. En aquellos remotos años,  al no existir tanatorio alguno para velar el cadáver,  el difunto permanecía todo el tiempo en el pueblo, razón por la cual el toque de posas se practicaba muy de continuo durante los dos días que era el tiempo habitual que se tardaba  en llevar a cabo el entierro. Al parecer en alguno de otros pueblos según el sonido de una u otra campana y el repique inicial se podía conocer si el difunto era varón o mujer, o si el difunto  formaba parte del clero.  Que yo sepa en Mozos de Cea no se daba esta circunstancia. Aunque  en alguna ocasión si que he escuchado que cuando falleció  a mediados del siglo pasado el sacerdote que oficiaba por entonces en el pueblo, D. Anacleto Cuesta, aquel toque a posas fue algo diferente al de costumbre.

Toque de Gloria: se practicaba a la muerte de un niño. Parece ser que a este menor de 7 años, al morir,  supuestamente se le enviaba a la Gloria.  Y en algunos pueblos, como por ejemplo Villóta del Páramo (Palencia), popularmente comentan que  el  tañer de las campanas cuando tocan a Gloria van diciendo, más o menos: " vas bien,  bien vas, al cielo vas, del cielo vienes, al cielo vas...."   Por entonces era muy habitual que fallecieran a esta corta edad niños en el pueblo debido a enfermedades infantiles hoy prácticamente erradicadas y también por deficiencias en su alimentación.  

Toque a Misa: Sigue vigente en la actualidad este toque. Normalmente se practica los domingos y festivos. Consta de tres series de aproximadamente 27 toques, finalizando cada uno de ellos en dos o tres toques. Cuando pasan varios minutos se dan tres toques de campana para avisar que va a comenzar la misa. Este toque se conoce popularmente como "Dar las tres". Años atrás, era costumbre el que una vez finalizado el toque de misa inicial, y antes de que dieran las tres, en ese intervalo de tiempo se practicará el repique y volteo de campanas.

Toque al Rosario: Toque normal y corto con una sola campana que llamaba a los vecinos a rezar el rosario en la iglesia. También se "daban las tres" para avisar a los devotos  que daba el comienzo de este tradicional rezo católico. El rosario era habitual rezarlo a la noche, a excepción de los domingos y festivos que se hacía por  la tarde y a su finalización en ocasiones todos los  presentes dentro del templo cantaban la salve.   Normalmente en octubre se comenzaba a rezar el Rosario  y finalizaba a comienzos del verano.

Toque a comulgar: se trataba de un toque corto y continuado que servía como llamada  para  acudir a tomar la comunión. Únicamente asistían a este breve acto litúrgico,   los feligreses que iban a comulgar. Siempre se celebraba por la mañana.  Como algo anecdótico os comento que debido a la brevedad de este acto litúrgico, el sacerdote Bernardo Pérez Gil  nos pagaba a los monaguillos sólo cincuenta céntimos, o un real de los de entonces. Vamos,  que la mitad de lo que nos pagaba por ayudar en la misa que era una peseta a cada monaguillo.

Toque de ánimas: este toque de campana se practicaba durante todas las noches de noviembre al ser éste el mes consagrado a los difuntos, de ahí la razón por lo que el tañer de las campanas llegaban con un sonido fúnebre y estremecedor. Acerca del toque de ánimas ya hablé largo y extendido en otra ocasión, por tanto huelga cualquier otro comentario al respecto para no repetirme en lo mismo. Si hay algún interesado en volver a leer el texto relacionado con este asunto, sólo es cuestión de que busque  el archivo correspondiente a noviembre del pasado año y allí sin problema alguno está a su disposición la lectura del mismo. 

Toque de oración:  cuando se ponía el sol se practicaba este toque que obviamente se hacía para llamar a la oración a todos los vecinos del pueblo al atardecer.


Toque al alba: también conocido como "toque de los maitines" . Como el anterior toque, aunque éste  se practicaba al amanecer,  se hacia con el propósito de llamar a primeras horas de la madrugada a los vecinos  a la oración. Por cierto,  Crescencio Morán, era quien habitualmente se encargaba de este madrugador toque con repiqueteo incluido.   

Toque de mediodía: conocido también como el "toque del ángelus". En tiempos remotos en Mozos de Cea, cuando el reloj marcaba las 12 del mediodía era costumbre tocar una de las campanas  para anunciar el ángelus del mediodía. Por lo tanto había llegado la hora de rezar el tradicional "Ave María".  Supongo que habría varios devotos que rezarían las convenientes oraciones que a cada toque correspondía,  aunque  no me cabe la menor duda de que también habría quienes les traía al pairo esos toques de oración.  Lo que resulta bastante palmario es que había una constante y fervorosa devoción  a la religión cristiana. Da fe de ello las muchas horas del día que por entonces se empleaban en la práctica del rezo diario.   

Aprovecho para comentaros también un par de toques más los cuales  que yo sepa  en Mozos de Cea  no se han practicado nunca, aunque en algunos de los pueblos limítrofes sí. Me estoy refiriendo al "Toque de nublo" que tradicionalmente se hacía para intentar alejar las tormentas de granizo, aunque dudo acerca de si  sería efectivo o no ese tañido de campana. Supongo que todo este asunto forma parte de las creencias populares.  El otro es  el "Toque de niebla". Éste toque  normalmente se llevaba a cabo en los  días que había niebla cerrada y la visibilidad era nula. Era muy útil para los pastores porque les servía como orientación.
 
 
 
 
 
 
(El que aparece en esta nueva imagen, la cual  coincide con el mismo día de la exhibición que muestra   la imagen, o fotografía,  de arriba,   es Tomás Cuesta Antón. Como podéis comprobar  también está practicando uno de los tradicionales toques. Junto a él, Nacho escuchando atentamente )
 
Otra cosa que también quiero comentar en referencia a este asunto, es que  Mozos de Cea tuvo en su día un  campanero oficial. Este cargo correspondió al  Sr. José Fernández Martínez, fallecido en 1970. Allá por la década de los sesenta del siglo pasado, este señor estuvo durante dos años seguidos ejerciendo su función de campanero en el pueblo, con lo cual durante todo este tiempo se encargó de la práctica de la mayoría de los  toques aquí recogidos y también era quien tenía la llave para abrir  la puerta que daba  acceso al campanario. Creo recordar   que una vez  que cesó de su cargo, la puerta de la torre permaneció abierta para acceder al campanario libremente y así sin problema alguno  pudieran practicar los toques correspondientes los circunstanciales   campaneros de turno. Como por ejemplo el citado Crecencio Morán, muy asiduo en la práctica del volteo y repiqueteo. A los niños no había quien se nos adelantara para  quitarnos el "toque del ángelus" al mediodía. Mi hermano Anastasio Bueno (Tasi) por entonces  también practicaba con frecuencia noche tras noche de noviembre  el "toque de ánimas". Matías Lazo encargado de engrasar las campanas y  de voltearlas habitualmente.   Que conste que yo personalmente también he hecho mis "pinitos campaneros".  Confieso que tengo cierta querencia por hacer tañer las campanas. Lamentablemente hoy en día ya ni circunstanciales campaneros quedan. El silencio de las campanadas es atronador. Los toques aquí citados, a excepción del de la celebración de la misa, todos ellos brillan por su ausencia . Parece que en Mozos de Cea ya ni doblan por los muertos, ni se escucha su jubiloso volteo, a pesar de que aún siguen recias y señoriales en lo alto de la torre, esperando que alguien las haga tañer para que puedan romper el silencio de nuestra vida y  a las personas puedan guiar en su rutina diaria; en especial a quienes viven de continuo en el pueblo.  No quisiera ponerme pesimista y verlo todo negativo, pero por desgracia la realidad es la que es, con lo cual, me temo que  el triste  y atronador  silencio de las campanas  ahora en adelante va a se  la tónica general. ¿Hasta cuando ha de durar este silencio?   Con tal de que no se eternice  me conformo.

Por hoy ya nada más. Espero os haya resultado amena la lectura de este tañer de campanas que  a través de la palabra escrita he puesto el empeño de hacer que sonaran. Si algún leve tañido o repiqueteo he conseguido haceros llegar, el objetivo de escribir este párrafo quedará logrado.

Largos días y placidas noches a todas y a todos.

Rafael.